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y admirable cuadro histórico presentado en el Salón de París del presente año, y que reproducimos en este artículo. Aspiración noble y generosa, como inspirada en el principio de justicia que debe presidir las relaciones de los individuos como las de los pueblos, el arbitraje, en cuanto se aplica á dirimir las contiendas que se suscitan entre las naciones, que se terminan las más veces por sangrientas luchas, y cuanto tiende á disminuir las prohabilidades de que éstas estallen, no es una de esas quimeras acariciadas por filántropos, ideólogos y optimistas, cual la de la paz perpetua del abate Saint- Piérre ó las doctrinas de Saint- Simón ó de Furrier. La posibilidad de su aplicación práctica para atajar la eventualidad de la guerra, ha quedado evidentemente demostrada en más de noventa casos de arbitraje que se han verificado en la edad contemporánea. pPero terrible contraste que demuestra con no menos evidencia cuan imposible es la buena voluntad de algunos espíritus superiores para desterrar los grandes males de la humanidad 1 La nación á cuya iniciativa se debe el primer tratado de arbitraje, adoptando éste como un principio de derecho internacional para resolver los diversos conflictos que pudieran suscitarse entre las diecisiete naciones signatarias del tratado de Washington ratificado en 1891; la nación que declara urbi et orbi que el arbitraje es obligatorio y que para recurrir á la fuerza es necesario salirse del derecho esa nación, en los momentos mismos que se celebra en París por medio del Arte lo que el ilustre profesor Quesnel califica de apoteosis de los grandes pacificadores es la que, impulsada por su desapoderada ambición y confiada en su fuerza, con desprecio del derecho de gentes, pretende a r r e b a t a r n o s nuestra soberanía, provoca una guerra injusta y lleva á nuestros territorios de América y Oceanía la sangre, la devastación y la ruina, mientras las grandes nacioues de Europa presencian impasibles esa obra de iniquidad encerradas en el más frío egoísmo, quizás acechando alguna la hora propicia de pedir su parte en el despojo. Es indudable que el repugnante espectáculo dado á la faz del mundo por el pueblo que se califica á sí propio con notoria jactancia de mantenedor del derecho moderno, ha de retrasar el triunfo de ese gran principio del arbitraje internacional, que adoptado por todas las naciones como regla permanente y obligatoria del nuevo código de los pueblos civilizados, sería la negación de la guerra. Pero tan humanitario principio quedará reducido á mera teoría hasta que la fuerza que reKL Til) SAM presentan los dieciséis mil Caricatura de Le Rirej millones de reales que gastan cada año las potencias en prepararse para la guerra no se aplique á constituir una suprema sanción, sin la cual, no ya el arbitraje, todo el derecho de gentes queda reducido á un conjunto de reglas sin realidad y sin eficacia que sólo aprovecha al más fuerte. La idea del arbitraje, sin embargo, se abrirá camino á través de todos los obstáculos y vencerá todas las resistencias en nombre de la civilización y de la humanidad. A. A. OSSOT? IO