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Aquella noche, al pasar por el corralón, habíase detenido á mirar por si veía á la Lucerito, la cual hacía un puñado de tiempo que andaba llenándole el corazón de pesadumbres y celeras. Cuando la vio al lado del Caireles se le secó el paladar y se le subió la sangre al último piso, pues estaba al cabo de la calle respecto á las pretensiones del mozo. Cuando oyó el Chamarí pronunciar y repetir su nombre, intentó, como ya hemos dicho, escurrir el bulto; pero antes que hubiera podido hacerlo, una comisión de rosas de Mayo, entre guifios picarescos y palabras zalameras, lo condujo al lado mismo de la Lucerito. Ésta reconoció en el Chamarí al más pusilánime y constante de sus adoradores, el cual no la miraba nunca más que desde los tendidos, y al cual había contemplado ella siempre con el mayor despego por lo insignificante de su persona. Caireles se pavoneó al comparar para sus adentros con las de aquel hombrecito sus proporciones de jayán y sus vigores de mozo de cordel. Que cante el Chamaríl, gritó la concurrencia. -Vaya, hijo, cante usté, que si no canta va á darle á alguien un sopitipando, exclamó la Lucerito mirándolo con desdeñosa ironía. El muchacho se puso primero encendido como la grana, luego muy pálido. -Por darle gusto á usté, soy yo capaz de estar cantando hasta que se me gaste la campanilla y otra que yo pida emprestada. Caireles miró al soslayo á su rival, y le dijo con voz ronca y campanuda: -Vamos, mocito, que los tocaorea esperan, y se les puede saltar una prima á las guitarras. -Pues diga usté, compadre, que tiene usté en el pasapán la campana de San Pablo. ¡Dios, y qué miedo! Voy á darle á usté gusto, buen mozo. Y el Chamarí echó la cabeza atrás, entornó los párpados, abrió la boca y empezó á dejar salir por ella el alma, toda un alma de fuego, en dulces, en dulcísimas y quejumbrosas armonías. Cuando la última nota de su canto fué á perderse entre los raudales de luz de la luna, vibró electrizada la concurrencia, y una resonante, una frenética salva de aplausos fué el premio concedido al prodigioso cantador. La Lucerito envolvió á éste en una mirada ardiente y dulce como una caricia, y Caireles, con el semblante lívido y las manos crispadas, exclamó con voz sorda y mirando á su rival con rencorosa fijeza: -Eso es lo qué usté sabrá hacer: arrullar como las palomas torcaces. -Y una miajita más; pero esos son méritos que guardo pa cuando estoy solo, repúsole el Chamarí con acento trémulo. -Me parece á mí que esos méritos serán bordados que sabrá usté hacer pa la túnica de la Virgen, ¿verdá? El Chamarí se irguió mudo, sombrío, tembloroso; avanzó lenta, muy lentamente hacia Caireles, se empinó, cogióle por una solapa de la chaqueta, y le dijo con acento reconcentrado: -Cuando los hombres lo son de verdá y tienen vergüenza y ganas de matarse, se comen el labio cuando hay delante mujeres. Caireles contempló estupefacto al Chamarí; una terrible sacudida agitó su cuerpo, su semblante se matizó de púrpura, y levantando la mano asestó un á modo de golpe de batán en la cara de su adversario. Se arremolinó la gente; gritaron las hembras, abalanzándose á separar á los luchadores; se armó una inmensa barabúnda. Yo quise también separar á los combatientes; no lo conseguí, pero sí pude ver cómo el Chamarí, al sentir el golpe, daba un salto de pantera, sacaba rápido de la cintura una enorme navaja que abrió de una dentellada, y como esquivando con otro salto de costado el golpe que le dirigiera Caireles con un cuchillo que más bien parecía una cimitarra tunecina, diestro, ágil y sereno condecoraba con una profunda cuchillada el rostro á su contrario. Hace unos días, al pasar por el corralón de San Roque: ¿No sabe usté la novedá? me preguntó la muchacha escuálida, la de los ojos azules y expresivos. ¿Qué novedad? 5 r 2 Ks; 5! a P u c s diga usté que viene de la tierra de los tontos perdíos; i si eso está ya á chavo y á cuartel- ¿Pero qué es ello? ha casao. r- -Que la Lucerito seCaireles? ¿Con quién? ¿con- ¡Chavó, y cuánto retraso trae usté! Con el Chamarí. Apeiiitas salió de la trena, se vendió el pescao. Al alejarme del corralón tropecé con Caireles. Por cierto que está desconocido con aquella enorme cicatriz que le ha dejado en una mejilla la enorme cuchillada con que hubo de probarle el Chamarí que sabe hacer algo más que bordar túnicas para la Virgen. AETUEO E E Y E S DIBUJOS D HUERTA 8