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s? EN EL CORRALÓN La vez primera que vi á Pepa la Luce f é en el corralón de San Boque; había juerga aquella noche en el corralón; una jue ga improvisada. Dolores la iíemilgos comenzó á puntear en la guitarra, y como cuando lo hacia dábanle denteras de envidia á más de cuatro y cuatro más, sucedió lo qne siempre: que Pepa la Tarambana, Antonia la Mendruguito, la Sakdta, la Peinadora y casi todas las vecinas, en fin, se arremolinaron al rededor de la Remilgos; llegaron tras ellas algunos de la guardia negra, de los del bronce, varios ejemplares de la gente menosa, y á la media hora habíase armado en el patio un jolgorio tan por todo lo alto, que era más difícil penetrar en el corralón que la toma de la Goleta. La luna, lámpara intermitente y gratuita de la gente de poco pelo, ó mejor dicho, de pocos conquibus, estaba hecha aquella noche toda una sefiorona, y cuando dijo iallá va luzl decoráronse de argentadas gradaciones los renegridos muros del patio, el viejo parral y todo cnanto acariciaba el astro con sus serenas claridades. Allí, en el centro del patio, vi á la Lucerito con sus ojazos obscuros y lánguidos, la tez morena y sonrosada, el pelo negrísimo, y á su lado vi al Caireles, el grande hombre goletero, un real mozo que parecía fabricado con hierro y cordobán y cemento romano. ¡Esees Offl- jreíes me dijo una muchacha escuálida, paliducha, de grandes y expresivos ojos azules, al verme mirarlo con fijeza. La Lucerito era la reina del jolgorio; las miradas que las mujeres posaban en ella, á poder, hubieran destilado ácido prúsico, y las de los Ínclitos varones que la ro deaban, algo muy dulce y ardiente, todas menos las de aquellos que habían perdido por ella la chaveta, y á los cuales ella había dicho con retebuenísimos modales que no podía aceptar sus amorosos ofrecimientos por estar ya muy comprometida con el cerro de San Cristóbal; Caireles, aquella bestia brava que, según decían, con un suspiro tumbaba un marmolillo, andaba desde hacía la mar de tiempo haciendo números, papando aire y cogiendo moscas por aquella Lucerito que se había empeñado en no darle ni un rayito de luz con los ojos de su cara. En el momento á que me refiero habíase inclinado el Caireles para juntar todo lo que el recato tolera sus labios á las ore jilas de tercio pelo de la Lucerito, y como yo soy curioso y estaba emperrado en saber cómo andaba de oratoria aquel á modo de D. Juan de los barrios de mi tierra, metíme en el cogollo y pude coger casi al vuelo el diálogo siguiente, que me puso al tanto casi de aquellos amoríos; -Oiga usté, rosa de pitiminí; si por tener mala sangre se dieran condecoraciones, parecería usté la Virgen de los Milagros. ¿Mala sangré yo? Pues si me la dieron de la suya los parecitos de mi corazón, y mis padres y la Divina Pastora son primos hermanos! ¡Válgame Dios, castigo, y qué tormento más grande i Yo no sé lo que me pasa cuando me pongo á su vera, que se me cierra el sentío y me echa candela hasta el cielo de la boca. ¿Me quiere usté dejar en paz, hombre, me quiere usté dejar en paz? Que estoy mu delicá del tímpano, y es usté un martillo y un mazo y toíto el Martinete. ¿Pero no sería posible que usté me quisiera una chispititilla? Yo- vx le juro á usté que en cuantito le tomara el gusto, estaba usté pidiendo teta todo el día como los niños tragones. Aquí llegaban en la conversación, cuando rompieron los tocadores á rasguear en las guitarras y fueron acallándose los rumores. Pronto una voz fresca y argentina, voz de mujer, rompió dulcemente el silencio con una de las más clásicas soleares, nno de los cantos más tristes y melancólicos del pueblo andaluz. Tras el debido homenaje tributado á la. gentil cantadora, otra tomó el turno, y tiples y tenores, barítonos y partiquinas de la clase del pueblo siguieron llenando de trinos y escalas el luminoso espacio. Cuando ya empezaba á decrecer el entusiasmo, un nombre recorrió por entre las compactas filas de concurrentes: -El C íimfflrt el C a ía í está en la puerta, decían. Todos miraron hacia la puerta del corralón, donde el Chamarí empezaba á escurrir el bulto. No quería entrar aquel hombre; era tímido, no conocía allí casi á nadie, no obstante lo cual era ¿I tan conocido como la belladona desde que en varias reuniones, á donde habíanle llevado casi arrastra, hubo de dejar hecho pollitos sin crestas y sin espolones á los que más galleaban por aquel entonces en el cante jondo. MW í í MfJ íM im fc-