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¿De modo que paía mi no hay justicia? decía ella acercándose al carruaje. ¿Pero qué quiere usted que haga el juez? ¿Puea no es un delito abandonarme con esta criatura? -I Delito! No es delito más que aquéllo que está en el Código. ¡Pero qué hago yo ahora, Dios mío! Y entró de un salto en el coche, y el curial la saludó con la cabeza, volviéndose á meter en el Juzgado. Yo me dispuse á partir; pero como ella no me había dicho dónde íbamos, esperé algunos instantes. Indudablemente no se acordaba de que estaba en un coche y de que teníamos que ir á alguna parte. Volví la cabeza, y como había cerrado los cristales, tuve que preguntar á gritos dónde quería que nos encaminásemos. Entonces corrió el vidrio del clarens, y con voz desfallecida me mandó ir á la plaza de Isabel II. A pesar del ruido del coche, yo la oía sollozar de cuando en cuando; sollozos que se confundían con el llanto del nifio, que hasta entonces habla permanecido callado, y á quien sin duda el apetito acababa de despertar. No habíamos andado la mitad del camino, cuando unos golpecitos dados en el cristal del coche me indicaron que la sefiorita quería hacer alto. Paró, y ella, sacando casi todo el cuerpo por la ventanilla, me dijo con energía: -Torrecilla, 52. jHola! exclamé para mi capote; volvemos al sitio de marras. Y hacia allá encaminé el vehículo, sintiendo que no se le hubiera ocurrido antes este viaje, por el camino que hablamos perdido. No sé por qué iba yo en la nueva dirección más á gusto que antes. Vuelve á su casa, pensaba; siempre es una buena acción. Allí la esperará su padre ó su madre ó alguien que se alegrará de verla. ¿Pero dónde andará aquel señorito? Nuevos golpes en el cristal me hicieron detenerme y pos y culebras por la boca y de un humor endiablado. Cuando hubimos llegado, se entró en la casa sin decirme una palabrf BI portero de siempre me pagó una hora y media de coche, y me retiré á mi punto. Esta vez no había habido propina, ni me importó gran cosa. Aquella mujer debía ser muy desgraciada, y yo tenía algo de culpa. ¡Hice galopar tanto al caballo aquella noche! TERCERO Al mes de la anterior escena, el portero del 82 de la Plaza me mandó arrimar á su puerta. La voy á ver por tercera vez, pensé. Al poco tiempo llegó un modesto carro mortuorio, donde unos hombres colocaron un féretro más pobre y humilde que el carro todavía. El portero ayudó á colocar la fúnebre carga, y entró en mi clarens sin decirme más que: ¡Siga usted! Yo no pude dominar mi curiosidad, y antes de arrear le pregunté señalando á la caja: ¿Esa es aquella joven que- -La misma, me respondió con bastante mal humor. Siga usted. Y seguí seguí hasta el cementerio del Este. No hay nada más triste que un cortejo fúnebre compuesto de un solo carruaje. I Parece que se trata de un difunto á quien nadie siente ni llora I Al llegar á la Cibeles, el carro tuvo que parar un momento para dar paso á un grupo de ciclistas que sonando las bocinas pasaban á todo correr del Prado á Recoletos. Yo he tenido siempre odio á los ciclistas porque suelen espantarme los caballos, pero desde ese día los abomino. El que iba á la cabeza del grupo era él, el señorito de aquella noche. ¡Qué ganas me dieron de arrearle un fustazo I A A. Vi) e i ciln a, cst. iiM fl. a iii.i- a naiij aqiie. Mili -i nnlcí li.il ji. i (al ili) ilorim. i- -A 1 plaza de Isabel l í vuelva usted, exclamó. Y se reclinó en el fondo del coche, como si cayera desmayada. Esto ya me dio rabia, y no por el tiempo que perdíamos, sino porque me parecía á mí que aquella m u j e r se arrepentía en aquel instante de haber p e n s a d o una buena acción. Como yo no podía hacer nada más que obedecer, á la plaza de Isabel II fui, fustigando al caballo, echando sa- l f i n vci c- tíi c i en i h. iy 4 ¡uit- ii i i- ii íuia 1 o- -riori. ii ln) u. ¡Buena la cogimos el portero y yo, al regresar del cementerio, en una taberna próxima I Comentando esa historia llorábamos los dos, y sólo á fuerza de copas enjugamos las lágrimas. ¡Y aquel señorito andarla entretanto vestido de mono y sonando la bocina de la bicicleta por la Castellana! ¡Por qué correrla tanto mi caballo aquella noche! E. SÁNCHEZ PASTOR DIBUJOS BE MÉNDEZ BRINGA