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pareja, y no Sé si serla ilusión, pero me pareció que un hombre viejo trataba de correr tras de nosotros. ¿Sería el padre? De todos modos, aquel hombre no podría alcanzarnos. El caballo, que había descansado bastante de la anterior carrera, tomó su trote habitual, ñero á mí no me convenía desobede- raba yo con curiosidad aquella casa número 32 donde fué á parar la enamorada pareja, pero no logré ver nunca ni al señorito ni á la rubia, hasta que una maliiUia! i ni i porrcni i i! c lili li iMíi píi Milii e n lii i- c c! irf ii iclu lili iiMii- AUí agoté yo mis fuerzas y mis juramentos, pero galopó. Cuando se trata de cosas malas, parece que el demonio interviene y lo facilita todo, porque aquel penco galopó de tal modo, que no nos hubiera podido seguir un coche con el mejor tronco de las más briosas yeguas. En la plaza de Isabel H, 32, hicimos alto. El portero y la portera debían estar en autos, porque ambos salieron á la puerta y se deshicieron en cumplidos con el señorito. Yo esperé un poco; el portero me sacó mi paga: hora y media y otro duro de propina. Pocos días de éstos he visto en mi oficio. Cuando me retiraba tranquilamente á relevar, sentía que la conciencia me remordía un poco por haber hecho galopar al caballo. Qaizá esa chica tendría un padre, quizá fuera aquel viejo que á mí me pareció que venía tras de ellos, quizá los hubiera encontrado si mi penco no hubiera salido del trote fingido que le distingue. En fin, ¿qué se le ha de hacer? A lo hecho, pecho y vino. Y me metí en la taberna para celebrar el fausto acontecimiento. SEGUNDO Hacía un afio que estaba yo de punto en la plaza de Isabel II, por haber cambiado de amo. Algunas veces mi- do arrimar. No pasó un minuto cuando salió ella, la misma, con un niño en brazos; jpero qué cara tenía 1 Los ojos enrojecidos por el llanto sin duda, la nariz afilada, las mejillas amarillentas Parecía otra! -Al Juzgado de guardia, me dijo; y cerró la portezuela con tal brío, que á poco si rompe los cristales. Marchamos despacio; el caballo de este día era peor que el que sirvió para la fuga. Ni contaba yo con la propina que entonces me fué ofrecida y entregada, ni tenía fuerzas para conseguir que el animal saliera de su paso. Llegamos á la Casa de Canónigos, se apeó la dama, me mandó esperar, y entró en aquel edificio donde muchas veces habla yo llevado gente de curia y gente de cárcel. ¿A qué vendrá? decía yo. Ese niño que trae en brazos, ¿será suyo? Y aquel señorito, ¿dónde estará en estos momentos? Pasó bastante tiempo. Hablé del asunto con otros cocheros que estaban de espera, y todos convinieron en que aquella mujer iba á algo relacionado con su fuga. Al cabo de una hora apareció en la puerta del Juzgado, siempre con el niño en brazos y más llorosa que nunca. La acompañaba un individuo que debía pertenecer á la justicia, pero á la justicia de escalera abajo. Algo así como un amanuense de escribano.