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LOS TRES SERVICIOS (MEMOKIAS DB UN COCHERO DE PUNTO) PRIMERO El día 25 de Marzo á las siete de la noche me hallaba yo en la esquina de la plaza de Santo Domingo tomando un café al aire libre, cuando llegó un señorito muy elegante, se metió en el carruaje y me dijo: -A escape á la plaza de Antón Martín, esquina á la de Santa Isabel. El caballo estaba muy cansado; corría poco, á pesar de los fustazos que yo le daba; el señorito sacó la cabeza por la portezuela y pronunció estas armoniosas palabras: -Un duro de propina. Redoblé los fustazos, y el caballo salió del trote aparente que usaba de ordinario. Era uno de los perros más malos que he manejado en mi vida; pero el duro ofrecido dio tales fuerzas á mis manos para castigarle, que corría aquella noche como un caballo de pura sangre y criado con el mayor regalo. Llegamos á la esquina de la calle de Santa Isabel; me costó trabajo parar, y el señorito se apeó antes de hacerlo por completo, exponién. dose á romperse la ca- i beza. D e s p u é s de u n a s cuantas piruetas logró recobrar el equilibrio, y acercándose mucho al pescante y con voz temblona, me dijo: -Ahora estás aquí quieto todo el tiempo que haga falta. Dentro de muy poco volveré yo con u n a n i u j e r En cuanto entremos en el coche, arreas todo lo de prisa que puedas y nos llevas á la plaza de Isabel II, 33. Me dio el duro de propina, y echó á andar en dirección á la calle de la Torrecilla del Leal. A aventuras semejantes estaba yo acostumbrado, pero ésta tenía mucho de extraordinario. Aquello de ir muy de prisa revelaba algo extraño; no se trataba de unos e n a m o r a d o s que van á aprovechar un momento para verse y hablarse. ¿Sería un rapto? ¿A mí qué me importaba? Es decir, no me importaba, pero no hice lo que en otras esperas análogas; no me dormí. El señorito no se habla alejado mucho. En la confluencia de las calles de la Torrecilla y Santa Isabel le vela yo parado á ratos, paseando de cuando en cuando, y dando muestras de impaciencia á cada instante. Algunas veces llegaba en sus nerviosos paseos hasta cerca del coche. Sin duda creía que yo habría perdido la paciencia. Debía ignorar lo que es un duro de propina en este mundo; porque yo estaba decidido á aguardar una semana. Por fin llegó el momento. Acababa yo de atizar los faroles, cuando al levantar la cabeza vi que mi hombre se acercaba con una mujer del brazo. Me tiré del pescante y abrí la portezuela. E r a p r e c i s o mostrarse muy solícito, y además había que verla á ella. 1 Caramba, qué bonita era! Muy rubia, muy blanca, muy joven y con muchas lágrimas en los ojos. Temblaba atrozmente. Eso lo sé porque la ayudé á subir, puesto que ni acertaba aponer el pie en el estribo. ¡Qué cara más triste y más hermosa á la vez 1 Tal impresión me hizo, que nunca se me ha despintado aquel semblante. Es verdad que la contemplé á mi gusto, porque al cerrar la portezuela el señorito la cogió el vestido, y tuve yo que volver á abrir y cerrar, con una caliria que desesperaba á los dos. Como que él no sabía decir más que: -Vamos, de prisa, arrea. Y al mismo tiempo ella murmuraba como quien reza: Nos van á seguir! Ya habrán notado mi salida. Colocado yo en el pescante observé, antes de arrear, á las personas que venían en la misma dirección que aquella asi 8 SSa