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un minuto, de libertad dentro de la tiranía de las ballenas que aprisionaban cruelmente á aquellas infelices- y no las dejaban en paz por tarde y. noche, hasta que regresaban del sarao maceradas por el tontillo. Se dejaban ver tal cual eran; luego valían la pena de verse, porque de lo contrario no se hubieran enseñado. Hoy, en las postrimerías del siglo XIX, el tocador de una dama es un verdadero santuario, inaccesible á todo el mundo. Ni amigos, ni admiradores, ni amigas, ni parientes, ni los hijos por su inocencia, ni el padre por su derecho, ni el marido por su amor, pueden violar aquella barrera imponente de oerrojitos y cortinas que la moda ha interpuesto entre la perla aprisionada en la concha y el pescador que anhela ahogarse en sus aguas. El tocador no tiene hoy debilidades ni condescendencias; pero, cuando menos, tiene el sentimiento de la igualdad. Excluye á todo el mundo sin excepción incluso al peluquero, que ha sido reemplazado por la peinadora. Comparando hechos con hechos, debería suponerse que en las mujeres de hogaño hay más pudor y menos coquetería que en las de antaño. ¿Será así? Meditemos. -No se dejan ver como son, sin afeites, sin química y sin postizos; luego no merecen verse, diría un ergotista. De lo contrario, se mostrarían, por lo menos, á los de casa El silogismo es terrible, pero no es una razón. Y me fundo en que cuando al fin se abre la puerta y el hada sale de su gruta rebosando vida y amor, el hombre sucumbe ante la magia de la belleza contemporánea. Conclusión. No valieron más ni menos, bajo el punto de vista estético, las mujeres del siglo XVIII enseñándose, que las mujeres del siglo XIX ocultándose en sus tocadores. py, V. f alfi y Las diosas de aquel tiempo y las modernas fueron y son igualmente seductoras y coquetas; coquetas sobre todo, porque lo que no va en tocadores va en tocados; lo que en casa no se ve se vislumbra en la calle, se adivina en el teatro y se admira en los bailes de gran tono. ENEIQUE 8 EPULVEDA DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA