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TS C? r Í; I. K 3 -x- y- EL TOCADOR Todo el ano, poro especialmente desde Diciembre hasta Mayo, la frase sacramental que uo se les cae de la boca á las doncellas dlustradas que merecen la confianza de sus señoras y conocen como éstas, ó mejor que estas mismas, todos sus secretos, es la siguiente: ¡Está en el tocador! Para salir de tiendas, la señora tiene que entrar siquiera cinco minutos en el tocador, y la doncella, aunque se trate del marido (que se despierta á las once para leer en- E Liberal la sección de espectáculos) le dice tranquilamente; No puede usted verla. ¡Está en el tocador! Para dar en coche una vuelta en la Castellana; para colocar y apuntalar sobre la diminuta cabeza el inmenso sombi ero, último modelo de arquitecturas, monumental; para hacer que el imprescindible velillo de encaje se pliegue graciosamente entre la nariz y la barba; para arreglarse el abrigo y ponerse los guantes, la dama vuelve á entrar en el cuartito misterioso, y la doncella á repetir la frase si va alguna visita importuna, de esas que olvidan que la señora no tiene trato de gentes más que una vez á la semana: los días que se queda en casa. Para sentarse á la mesa á la hora de comer; para ir al teatro, á los bailes, á las reuniones, á las novenas, á misa, á la visita de los pobres, á la J u n t a de Beneficencia; para todo, en fin, encerrona al canto en el armario de las sorpresas, y nuevo motivo para que la doncella diga y repita á diestro y siniestro: ¡La señora está en el tocador! Las crónicas del siglo X V I I I cuentan que entre las señoras de elevada clase estuvo muy en moda dejarse ver de sus amigos y admiradores en esa hora misteriosa y suprema de la toilette femenina, que por u n sentimiento de pudor y de bienestar doméstico debe ser, más que ninguna otra, la hora de la soledad. Los tocadores permitieron entonces libremente acceso á los amigos íntimos, y á la vez que las señoras entregaban su cabeza al peluquero para la confección, nada fácil, de aquellos peinados históricos que alcanzaron un metro treinta centímetros de altura, ocupaban su imaginación inquieta y sus ojos y prestaban atento oído á la conversación de sus apasionados. La idea de hacerse galantear asi no fué bien comprendida del siglo, ni aun como reminiscencia de los tiempos mitológicos. Yo creo que tuvo su explicación en la natural coquetería de la mujer. Aquella hora del tocador era la única del día en- que podían mostrarse con alguna sencillez y en toda su belleza. Era u n trocito de tiempo consagrado en cierto modo á la naturaleza; u n instante arrancado al despotismo de la moda;