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Se ha realizado el ideal de aquel personaje de zarzuela: Madrid es puerto de mar. Por lo menos tiene los honores, sin los cuales por lo visto no podía pasarse, como no pueden vivir ciertas personas hasta que logran los honores de jefe de Administración civil. La playa madrileña (y apunto estos datos topográficos á beneficio de los corresponsales yanquis que guster de telegrafiarlos al New York Herald) es el pequeño- trozo de Eecoletos comprendido entre la iglesia de San Pascual y la calle del Almirante. Una playa pequeñísima de espacio y brevísima de tiempo, porque no es tal playa sino de doce á una de la tarde de los días festivos. Las niñas que han oído misa, y las mamas que acaban de sudarla en la angosta iglesia de Eecoletos, reúnense luego en el paseo de enfrente, formando con las sillas animados corros, paseando arriba y abajo, parodiando, en fin, en pleno Madrid y con cuarenta grados á la sombra, las concurridas pefias y los higiénicos paseos después del baño en cualquiera playa concurrida del Cantábrico. El sexo fuerte y la cerveza floja tienen también lucida representación en el concurso. De la segunda se escuchan sin cesar los taponazos; del primero se oyen las bromas, los chicoleos á las muchachas y alguno que otro chiste tan embotellado como la cerveza. La temperatura es regular: un poco más elevada que la que exigen los gusanos de seda y un poco menos que la que pide el baño de María, único baño posible en la playa de Eecoletos. Los que se sientan son concurrentes á la parrilla los que pasean son! salteados las chicas que se embadurnan con polvos de arroz corren el peligro de volver á su casa cal gratín Cuando á la una se inicia el desfile y unos á otros se invitan á comer, hay para dudar si todo aquel gentío sofocado va á sentarse á la mesa ó á presentarse sobre el mantel nadando en su propia tinta y tendido en fuentes llanas y en fuentes hondas. Caprichos de la crema. Un buen pastelero, es decir, un buen revistero de salones podría decir que la crema que aquí nos queda corre grave peligro de agriarse. Mas si no fuera por esta hora semanal de Recoletos, ¿dónde habían de lucir las muchachas sus blusas matinales de caprichosas telas y cabos aplanchados? ¿dónde habían de exhibir los muchachos sus pantalones blancos, sus pecheras fiojas y sus sombreros de paja con cintas de colores? En verano, donde no hay playa hay que inventarla. Por eso aquí en Madrid hemos inventado esta playa honoraria de Recoletos, sin otro mar que ila mar en calzoncillos como antes se decía y podríamos repetir ahora viendo á la juventud masculina lucir sus pantalones blancos como si fueran en paños menores. Playa nominal, sin más agua que la del riego, sin más horizonte que la acera de enfrente, sin otro oleaje que los olés! al mujerío y los holasl al camarada, sin más conchas que las muchachas que buenamente se llamen así, ni más caracoles que la repentina exclamación del que toma asiento en aquellas sillas de hierro candente. Dicen que la gente se va, que los expresos salen llenos porque se ha perdido ya el miedo á los yanquis y á sus aliados; pero lo cierto es que en la playa de Eecoletos no se nota ese descenso de población. Cuanto más calor hace, mayor es la concurrencia; de domingo á domingo aumenta en el paseo de moda la pollería de ambos sexos, y es que no hay mejor incubadora que ese pequeño trozo de Eecoletos, acotado por la costumbre y explotado por el contratista de las sillas. Si la escuadra de Watson llegara por fin á nuestras costas, la playa que quedaría á más altura, no aólo sobre el