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EL PUNTO NEGRO Sólo con auxilio del frasco de sales pudo oir, sin trastornarse la condesa, detallada relación del escándalo inaudito. ¡Cómo! I En su casa, entre personas distinguidísimas, de su mayor intimidad, escogidas entre sus mejores amigos para que la acompañaran unos días en el campo I ¿Cómo era posible? El mundo estaba desquiciado; ya no es posible saber con qué gente se trata El lance no era para menos. La selecta compañía hospedada en la posesión de la condesa distraía las noches inacabables en el campo jugando al pocker; juego tan de timba como cualquiera de nuestros castizos montes, pero que merced al pabellón británico podía ser admitido en buena sociedad. La partida comenzó con timidez, por pasatiempo. El dinero suelto, de; bolsillo, era el único que pasaba de mano en mano; no tardaron en asomar las carteras, y en ellas billetes de Banco; ya no se reía ni se bromeaba; algunas caras palidecían, algunas manos se crispaban, y cada noche se adelantaba la hora de la partida. Si f aé casual ó intencionado el descubrimiento, nadie lo supo; pero una mañana, después de mil cuchicheos, consultas y recomendaciones mutuas de guardar un secreto que á poco no lo era para nadie, se averiguó que las barajas usadas para el juego estaban marcadas... ¡Marcadas! Y el fullero, jugador de ventaja, estaba alU, no había duda, confundido con personas dignísimas, intachablesl En primer lugar, ¿quiénes eran las personas intachables? La condesa, encerrada en su gabinete con las dos únicas en quien tenía confianza, pasaba revista uno por uno á los demás huéspedes... Los excluidos, por su parte, de tres en tres ó en parejas, y alguno, más receloso, consigo mismo, inquirían, conjeturaban, apuntando sospechas, recordando antecedentes, acumulando datos... De tan distintas y separadas indagatorias, quedó en claro que no había ninguno sin su punto negro, como los naipes de las barajas. Del uno se recordaban mil historias y trapisondas, reveladoras de menor aprensión de la necesaria para trampear en el juego; del otro nadie sabía cómo gastaba y triunfaba, igin capital ni rentas conocidos; aquél había estado procesado, y el de más allá dejó nombre como gobernador de provincias en media España El uno era esposo complaciente y el otro amante complacido La condesa se perdía en un charco de confusiones; sus invitados chapoteaban también aturdidos. La murmuración trascendía de unos á otros; el escándalo era inevitable La condesa tuvo que acudir á la antipirina. Cuando la tirantez parecía ya insostenible, Bill, su ayuda de cámara inglés, se presentó á la señora condesa, y con la mayor corrección británica y pidiéndole mil perdones, confesó su pecado La servidumbre jugaba también con las mismas barajas de los señores, y él era quien había marcado las cartas La condesa perdonó la incorrección del criado en gracia de haberla devuelto la tranquilidad perdida; le hizo repetir la explicación delante de todos sus invitados, y sonriente, graciosa, como si nada hubiera sospechado, exclamaba: Ya decía yo! ¿Cómo era posible? Eñ mi casa! muy bien con quién trato. Y todos asentían á coro, porque una cosa era tener un punto negro en sii historia y otra marcarlo en una baraja. JACINTO B E N A V E N T E DIBUJOS DE MÉNDEZ BKINGA