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Era ocurrente sin echárselas de ingenioso, y yo creo que á pesar suyo; porque gustaba más de la conversación seria que del tiroteo de palabras, tan común entre la gente de arte. Pero tenía golpes de primera. Cuando llegamos á Bilbao en nuestra excursión por las playas del Norte, entramos rendidos en la fonda y subimos al cuarto. Mientras Mecachis abría su maleta yo forcejeaba por cerrar el balcón, y al cabo tuve que reclamar su auxilio. -Eduardo, ¡haga usted el favor 1 que yo no entiendo esta cerradura. ¡Claro! respondió sin moverse; ¿cómo la h a d e entender usted, si estará en vascuence? En historietas, caricaturas, dibujos de sátira política y notas cómicas de actualidad, ha derrochado un caudal de ingenio. La gracia del mono y la del pie se completaban, y el efecto era completo. En el teatro, donde obtuvo muchos éxitos, ha hecho decir á sus personajes c o s a s graciosísimas. Creo que es en El barbero de mi barrio donde hay un diálogo breve, que es de éxito franco y seguro. El barbero, ansioso de palique, empieza á afeitar á un forastero con el cual no hay medio de entrar en conversación. Por fin el maestro se lanza y dice: 7- Conque, ¿qué tal por Valladolid? ¿Eh? I si yo no soy de Valladolid I- -I Cuánto me alegro I Pues entonces s o m o s MECAOHIS EN paisanos. ¿Paisanos? -Sí, señor, porque yo tampoco soy de Valladolid. No era, ciertamente, él teatro su especialidad, ni acaso en la literatura hubiera logrado nunca renombre semejante al que conquistó como caricaturista, mas por eso mismo apreciaba á su pluma en mucho más que á su lá. piz, y siempre tenía proyectos para el teatro. El éxito de Los chicos, obtenido hace un año por ahora, le animó mucho, y seguramente deja más cuartillas inéditas que monos sin publicar. Artista de verdad, lo era en todas las manifestaciones del Arte. Hubiera pintado como un maestro; y he visto muchas veces en su casa bocetos de paisaje preciosos, verdaderas sorpresas del natural hechas en sus frecuentes excursiones á Getafe, al Pardo, á los cazaderos de la línea del Norte, porque la caza y el campo le entusiasmaban. Pero aquellas obras suyas estaban siempre arrin- cenadas y vueltas hacia la pared para que nadie las viese ni se ocupara de ellas. Su amor filial pudo, sin embargo, más que su modestia de artista, y sobre su silla de trabajo colgó un retrato de su padre, que era una maravilla á pesar de estar hecjio como al desgaire. La figura del bondadoso viejo era un encanto de color y un prodigio de dibujo; resultaba un retrato de cuerpo entero no sólo porque la figura estaba completa, sino porque las manos, la actitud, todo el cuerpo retratado en la postura más natural y suya, eran tan expresivos como las líneas y gesto del rostro. Le dio unos meses por la fotografía, é hizo primores. Aquí se p u b l i c ó una Historieta infantil, que a r r e g l ó Mecachis con grupos fotográficos de sus hijos, y que el lector recordará, porque es una de las planas más artísticas y originales que hemos publicado. Suya es también la fotografía que adorna esta plana, y en donde está el propio Meca- chis en alegre charla con el distinguido artista y antiguo compañero nuestro Sr. Fernández Mota. Precisamente en la misma fotografía, y adornando un rincón de la mesa del despacho, hay otra prueba de esta especial aptitud de Mecachis para todas las artes bellas. Es una caricatura en barro, una d e l i c i o s a figura de fraile, que parece uno de aquellos motilones de O r t e g o sacado del papel y hecho en bulto redondo. Todo el mundo alabó SU DESPACHO este gracioso ensayo de la caricatura escultórica, y Mecachis prometió continuar la serie, pero éste fué uno de tantos proyectos como Eduardo Sáenz Hermúa se ha llevado á la tumba. Pobre Mecachis! Cuando acompañábamos la otra mañana su cadáver por el sucio y horrible camino de las Ventas, acudían á la memoria tantos y tales recuerdos de su bondad, de su talento y de su gracia, que para referirlos todos sería preciso tener á la mano más papel y menos lágrimas en los ojos. -Tiene usted unos hijos muy monos, le dijeron delante de mí. -Sí, señora, si son monos; ¿no ve usted que son míos? Si las flores, del ingenio fueran tales flores, sobre la tumba de Mecachis brotaría espontáneamente un verjel tan frondoso y enmarañado como aquella cabellera suya, que era, la pesadilla, de todos sus amigos. LxJis KOYO VILLANOVA