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MECACHIS u muerte ha sido un gran dolor, pero no una sorpresa para los que veíamos casi á diario los estragos que la enfermedad causaba en la naturaleza, nunca fuerte ni robusta, del pobre Mecachis. Aquella misma bondad suya, aquella benevolencia tan rara en un artista, aquellas palabras de verdadero cariño, no de afable cortesía, que en un momento cautivaban el alma y fundaban una amistad, no eran propias del hombre que lucha por la vida, sino de quien, sublimado por el dolor, piensa en la otra. Y aunque Mecachis por ese especial pudor de los enfermos graves jamás mentaba el peligro, limitándose á protestar de su picaro reuma es lo cierto que ni á su grande y perspicaz talento, ni á su intuición poderosa de artista, podía ocultarse el riesgo que todos veíamos en su demacración, en su debilidad creciente, en su afonía y én aquellos dolores artríticos, menos horribles acaso que la contemplación de sus cinco hijos, huérfanos á una edad en que ni comprender pueden toda Isi magnitud de su desgracia No osará profanar mi pluma la trágica desolación del nido deshecho. Desgracias son éstas que, por supuestas, no son para contadas, y por terribles y remediables en parte, reclaman, mejor que las líneas dadas al público, todos los amparos y auxilios que el compañerismo y la amistad puedan y sepan reunir. Hablemos sólo del artista, de aquel popularísimo Mecachis, que ha bajado á la tumba con fama de perezoso, cuando sólo en BLANCO Y NBGEO deja quizás arrobas de cartulina dibujada. ¿Ni cómo puede ser perezoso quien sólo de su trabajo vive? Lo que hay es que Mecachis tenía una independencia artística soberana. Dibujaba mucho, pero siguiendo el vuelo errático y variable de la inspiración; no había que marcarle otro camino. Aquí enviaba sus monos con la criada, y no había día que dejase de venir la criada de Mecachis; mas qué envíos los suyos! Abríamos el paquete y hallábamos dentro un jeroglífico, dos. charadas, tres frases hechas dos monos para una historieta que había empezado hacía un mes, y otro de un cuento que terminaría sabe Dios cuándo. Este era Afecactós, que obró muy cuerdamente al adoptar ese seudónimo. Porque así los directores de periódicos, al nombrarle, empleaban aquella interjección en vez de cualquiera otra peor sonante. Mas ¿quién le reñía? Aparte de que su autoridad y su mérito estaban por encima de todo reproche, jamás dejó de encontrar una disculpa graciosísima para el más tremendo cargo.