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¡Claro! eso no podemos saberlo los botines. -Pero por los pies bien puede serlo; otros lo h a n sido con peor pie. -Me has convencido; es u n b u e n pie para cualquier Gobierno. De modo que á donde vamos todas las t a r d e s y algunos días dos veces, es al Consejo. -Clavado. -Pues chico, mal deben de andar las cosas cuando se r e ú n e n tanto los ministros- -Eso digo yo. -Entonces ya sé de quién son aquellas botas con espuelas que se colocan á mi lado: del ministro de la Guerra ó del de Marina. Cualquiera diría que eres u n botín, j de piqué blanco! E n este momento estás discurriendo como u n calcetín miserable. -Creo que m e faltas. -Claro; como que los marinos no gastan espuelas. -Pues yo he oído que los barcos tienen tantos y cuántos caballos. -Pero son de vapor. -Entonces, ¿cuáles son los pies del ministro de Marina? Aquellos pequeñitos que se colocan á mi derecha. ¿Loa que no llegan al suelo? -Los mismos. -Pues mira lo que son las cosas; yo, como los veía tapados con u n pantalón de franja dorada, creía que eran de algún niño que estudiaba en los Escolapios, como el sobrino del Duque. ¿T e h a s fijado en otras botas sucias y despellejadas que se ponen enfrente? -Muchísimo; y las miraba con cierta compasión. -Pues son del ministro de Hacienda. ¿En qué lo has notado? -En que los ministros de Hacienda deben ser hombres económicos, y la verdadera economía empieza por el betún. ¿Y aquellos zapatones que tienen siete suelas y parecen de caza? -Ya me acuerdo; pero no sé quién podrá ser ese ministro de siete suelas- -La verdad es que a l l í estamos de non. -De p a r querrás decir. -Y nuestro ardo, ¿de qué departamento es? -De Estado. ¿Cómo lo sabes? -Una casualidad; el otro día le dio la gana de poner la pierna de mi lado sobre la del tuyo, y fui á caer junto á la cartera que tenía en las rodillas, y leí estas iniciales: M. E. ¿M. E. Me. Ministerio de Estado. Chipén! ¿Y qué más has olido? -Estremécete. -No me da la gana, que se m e van á saltar los botones. -Pues ¡que estamos en guerral- -i Zapato I (La exclamación no puede ser más propia de un botín. -Y que nuestro amo quiere la paz. -Siempre ha sido poco amigo de jolgorios. -Y si no, fíjate cómo n i por casualidad nos rozamos con las espuelas del ministro de la Guerra. -Tienes razón, querido botín. -Pues cuando no hay afinidad en los pies, tampoco la hay en las personas á quienes sustentan. Y si no, ¿á que tú tienes simpatías por los zapatitos de la señora? -I Y a lo creo! Por cierto que hace mucho tiempo que no salimos juntos. -Eso te demostrará que el Duque está muy ocupado y no tiene u n minuto libre para dedicarlo á la familia. Hasta de nosotros se olvida. ¿Por qué lo dices? -Porque en Otros tiempos ya nos hubiera echado á la ropa sucia; además, á mí me falta un botón. Un, botón! ¡Qué descuido para el Duque! ¿Y t ú crees que la paz? -Debe andar muy durilla. ¿Pues qué quieren los enemigos? -Un gran botín de guerra. ¡Nos hemos caído! ¡Qué estás diciendo! Eso sólo le faltaba al Duque; llevar caídos los botines. -Quiero decir, que de esta hecha nos sacrifican. ¿Por qué? -Porque si el enemigo lo que quiere es u n b u e n botín, como en el Gobierno no hay más botines que nosotros, nuestro amo nos va á entregar como garantía de la paz. -IY qué mayor h o n r a que sacrificarse por la patria! Menudo sacrificio! Ponerse á los pies del enemigo -Animo, compañero; ¡quién había de pensar que de un botín estaba pendiente la salvación de E s p a ñ a! (El ministro despierta y los hotints se callan. Por la copia taquigráfica, E L SASTRE DEL CAMPILLO DIBUJOS DK XADDAEÓ