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de cantar misa, üo quería economatos ai curatos, sino- entrar en una Orden) Estuvo en poco que entablasen pleito ó reclamasen indemnización -Y ahora que ven á su hijo en los altares, ¿qué dicen? Será curioso. ¡Vaya si es curioso! Más de lo que usted presume Cuando se supo en Auriabella el suplicio atroz del que ya se; llama San Antonio de lilaos; cuando se tuvieron pormenores de aquella adinirable constancia del joven mártir, que repetía, entre las torturas, al sentir las agudas cuñas hincársele en los dedos apretados por tablillas y en las piernas sujetas al cepo: Jesús mío, sólo te pido que los salves, que les abras los ojos refiriéndose á los impasibles verdugos que le atormentaban con asiática frialdad; cuando se comprendió que el expediente de beatificación iba á iniciarse, con la rapidez que en casos tales se acostumbra, el Obispo de Auriabella quiso venir á lUáos á dar en persona la enhorabuena á los padres del triunfador. Era elObispo de Auriabella- -que poco después falleció y ya estaba bastante enfermo del corazón- -un señor bondadoso, lleno de unción y de dulzura, de esos que todo lo gastan en caridades; un verdadero Pastor, humilde con dignidad, y alegre y chancero de puro limpia que tenía la conciencia; pero al venir á lUáos bajo la impresión de un hecho tan solemne, se encontraba muy conmovido; traía los ojos llenos de lágrimas la respiración cortada y fatigosa, y aún parece que le estoy viendo en el momento que, al divisar la choza de Juan del Aguardiente, saltó aprisa del caballejo que le habíamos proporcionado, se descubrió, y se inclinó hasta el suelo ante los padres del confesor de Jesucristo. El viejo y la vieja le miraban pasmados, sin saber lo que les pasaba; él con STI zueco á medio desbastar en la mano, ella con una sarta de cebollas que acababa de enrristrar; y como su Ilustrísima, sofocado de emoción, no pudiese articular palabra, tuvo el Arcipreste, que era del séquito y buen predicador, que explicar á los dos viejos como debían regocijarse y henchirse de satisfacción y orgullo, porqne su hijo había ganado la palma que los ángeles envidian, sellando con sangre su fe de cristiano y consiguiendo la más alta corona. El aguardentoso viejo, meneando la cabeza y guiñando con socarronería los ojos, empezó á lamentarse: Bueno, sí; su hijo sería todo lo grande que quisieran, tendría corona; pero ellos, ip obriños I lo que tenían desde su marcha era hambre y miseria; en su edad no les era fácil labrar la tierra como antes, y sin nadie que les ayudase, ¡ya se ve! una perdición, una desdicha Trabajando como esclavos en la vejez El Arcipreste, entonces, se volvió hacia la madre, y ésta, entre gruñido y lloro, le preguntó ansiosamente: ¿Pero es verdad, señor, que mataron á Antoniño? Con la deHcadeza y los miramientos que el caso requería, pero con entusiasmo, el Arcipreste refirió. el drama, el tránsito del mártir, su admirable constancia y su victoria Y cuando acabó de hablar, la vieja aldeana, retorciéndose las manos, sollozó: ¡Ay, señor! ¡Ya se lo decíamos siempre aquí! ¡Ya le teníamos i que había de morir dé mala muerte! Guardó silencio el médico, y yo sólo acerté á exclamar: ¿Y qué pensaron de eso el Arcipreste y el Obispo? -El Obispo les entregó dinero, cuanto pudo, diciendo misericordiosaiin iil ISon pobres y no saben lo que dicen! El Arcipreste se encogió de ho ni i y, en confianza, rae susurró á mí: En vez de ir á predicar al Japón, debió quedarse predicando en su parroquia San Antonio EMILIA PARDO BAZÁN DIE 0 J 08 DE MÉNDEZ BRINGA