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veraniegas. Eso sí, los vendedores callejeros, que durante las horas de calor han estado silenciosos como grillos aspeados, apenas anochece rompen á pregonar su mercancía como chicharras satisfechas. I Qué voces! ¡qué gritos 1 qué mareo! y qué calor da ese ruido I Colocado un termómetro al lado del vendedor que pregona á voz en cuello 1 limón helao! sube tres grados de un salto la columna mercurial, y no digo la de alcohol porque ésta se le va al vendedor derechamente á la boca. Es una delicia, es un encanto Madrid en el estío; porque, sépanlo y rabien los lectores de provincias, además de no poder salir de casa hasta que anochece, y de andar entonces por las calles á empu jones ó tropezando con adoquines, respirando humo de asfalto, comiendo gratuitamente yeso, ensordecidos por los pregones de los vendedores y los silbidos de los mayorales y los conductores de los tranvías, el ¡ehl de los simones y el t animal! délos transeúntes con quienes tropezamos, y además de sudar entonces lo mismo que cuando el sol se hallaba á la mitad de su carrera, tenemos para pasar la noche el paseo de los Jardines del Buen Retiro, un sitio tan agradable y tan fresco, que en él los árboles crecen á fuerza de polvo y ópera barata. Qué lástima de vegetación, conseguida con los pulmones de los cantantes! El único airecillo que agita las ramas de esos árboles, es el que exhala la tiple ligera en forma de notas picadas. ¡Así están los pobrecitos! Tienen más de Verdi que de verde! Pero el público qne invade los Jardines, es decir, el todo Madrid que no veranea, logra felicísimas noches en tan ameno sitio. Porque éste no es sencillamente un paseo cortesano, sino que es algo más que eso. Es la provincia en Madrid, Guadalajara á treinta. pasos de la Oibeles. Pues así como en las capitales de provincias todas las familias se conocen y se tratan, y unas están al tanto de lo que las otras invierten en trapos, y se sabe qué vestido es nuevo de verdad y cuál ha sido renovado, el público- femenino de los Jardines se observa, se estudia, se aprende de memoria, y en cuanto asoma á la pista una mamá con dos niñas, ya están de todos los corros inmediatos diciendo: Ahí vienen las de X con las blusas de hace tres noches. Esta intimidad, esta ciencia de la ropa del prójimo, este conocerse todos y llamarse por sus nombres y por sus blusas, dan al paseo de los Jardines un simpático sello provinciano, y hace á muchos que lo frecuentan forjarse la ilusión de que se hallan veraneando en Segovia, sin las molestias del tren ni los dispendios del viaje. Por una mísera peseta se llega á la capital de la provincia próxima, y en seguida á gozar. ¿Que cómo? Dando vueltas y más vueltas en torno del kiosco donde toca la música del Hospicio. Al concluirse el verano y terminar la temporada de los Jardines, hay madrileño que ha dado tantas vueltas en torno de la música del Hospicio, que iíigresa en éste tocando algo. Y suelto ya la pluma; lector, sin contarte más delicias de nuestra vida estival madrileña, porque el sudor me agua la tinta. Son las tres de la mañana! escribo al lado de un balcón y escucho emocionado que el sereno dice á unos guardias del orden: ¡Ahora sí que va á salir ese fresco! Me lanzo al balcón. Mi gozo en un pozo. M fresco es un ratero que se ha metido equivocadamente en un portal, ensayando también por error en la puerta una llave ganzúa. Sale; le llevan á la Prevención. Pero le han llamado fresco! Feliz él! JOSÉ DE R O Ü R E COPLA DE CIEGO, POR XAUDARÓ Esta sí que es calle, calle, calle de temor y miedo: quiero entrar y no me dejan, quiero salir y no puedo.