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A sr que reconocerlo y confesarlo: ya es imposible la vida. Falta aire á los pulmones. El calor nos agobia, nos rinde. Nadie tiene apetito, nadie puede dormir, nadie puede trabajar Todos sudamos á chorros, de tal suerte, qué hoy Madrid parece lía Granja en esos días de gran festividad en que corren las fuentes reales El valiente que á las tres de la tarde atraviese la calle de Alcalá merece la cruz laureada, y el que recorriéndola en sentido contrarip le haga á aquél sombra un momento, la cruz de Beneficencia. Nadie (porque esos dos sujetos de que hablé no existen sino para los efectos dé concederles las citadas cruces) nadie se atreve á echarse á la calle hasta que el sol se pone, y me imagino que este poderoso astro, al pasar por encima de nuestras solitarias calles, exclamará sorprendido: Calla, pues no han nacido casas en el desierto de Sahara I Al amparo de alguna recortada soinbra se guarecen los coches de punto. Duerme el caballo, duerme el cochero, duerme el carruaje, ¡y los tres sudan! ¡Me río yo de las caravanas de África! Actualmente en Madrid, cuando un simón, carga por la tarde, no hay que anunciarle dónde ha de conducirnos. Ya lo sé, señorito, dice el auriga; á la Meca. iQué calor, lectores míos! Aquella célebre temperatura deífrito va á quedar hogaño para freir espárragos. Hace mucho más calor, digan lo que quieran los te; rmómetros que el que provocó esa frase. Y aún aseguran algu nos que el Gobierno, suspendiendo las garantías, constitucionales, nos ha echado un jarro de agua fría. ¡Qué más quisieran los dignos individuos que constituyen el Gabinete sino encontrarla, para bebérsela ó meter en ella las dictatoriales ttianosl Al anochecer, Madrid empieza á ser un pueblo; hasta esa hora sólo ha sido una siesta. Las calles céntricas se van animando, y la Puerta del Sol recobra su aspecto típico, alegre y bullicioso. Los madrileños y las madrileñas salen sudorosos y soñolientos á Jas calles, y los horteras, que han aguantado la fuerza del calor debajo de los mostradores, se atreven á asomarseá las puertas de sus establecimientos. Vaya, ya se puede respirar, aunque con fatigas. Es el momento crítico de las ayenturas amorosas y de los, atropellos de los coches. Lo mismo puede uno encontrar su ideal que hallarse bajo las ruedas de un tranvía. Aparte de esto, como todos los madrileños en cuanto anochece se lanzan de golpe á las calles, y éstas son en su mayoría demasiado estrechas para la- población cortesana, y eKcalor, como es sabido, dilata los cuerpos, no hay naanera de avanzar sin empujones. Cada paso es una apretura, y hay quien por andar de algún modo anda á bofetadas. Este medio de Iqcomoción suele llevar al que lo usa á la Delegación del distrito, pero es preferible al de la bicicleta, máquina que marcha sola á la Casa de Socorro. Por cierto, y séame permitida la digresión, que este verano apenas se ven bicicletas en las calles de Madrid; Yo me explico su desaparición de este ¿iodo: ¡se habrán asfixiado! Pero continuemos indicando las delicias de la vida madrileña, vida que ahora empieza, según he dicho, al anochecer. Tras de la molestia de los empujones asoma el peligro de las cortaduras y zanjas que adornan y embellecen en esta época casi todas nuestras calles. Con dificultad habrá en el mundo adoquines más inquietos que los adoquines madrileños; siempre se están levantando. Lo que puede, lector, el mal ejemplo; ¡pisan á esos adoquines tantos otros que se mueven! Ello es que no hay calle céntrica sin su correspondiente recóínposición, y como ahora el Ayuntamiento se ha decidido á ensayar el pavimento de asfalto, es verdaderamente cosa rica eso de salir á la calle, cuando el sol se oculta, con tanto palmo de boca abierta para aspirar un poco de aire fresco y meterse enlos pulmones una bocanada tamaña de humo asfaltado caliente. Es verdad que en algunas calles no hay asfalto; pero hay obras, hay derribos, y como consecuencia, una irrespirable atmósfera de polvo. Da también la casualidad de que losalbañiles que trabajan en tales obras se reservan el derribo de aquel paredón que más puede ensuciar el aire para realizarlo cuando la calle está más concurrida; de modo que el madrileño que no masca el asfalto de unas calles, tiene que mascar el yeso de otras, y vamos sumando delicias