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CAETA NÚM. 2 A María Ferrer, en Ordenes, provincia de la Coruña. Querida madre: No he tenido tiempo de escribir antes porque la faena que tenemos es grande y andamos de día y de noche vigilando pa que los yanquises no les den armas á los insurrectos, que además no sé pa qué las quieren, porque nunca dan la cara ni hacen más que ir de aquí pa allá huyendo de la quema y haciendo traiciones á los soldados. Sabrá usted de cómo me quieren mucho á bordo porque el día l.o de este mes y cuando corríamos la costa vimos de repente un resplandor entre los árboles y cayó sobre el Águila una lluvia de proyectiles. El comandante nuestro, que es más valiente que nadie, mandó en seguida poner proa á tierra, nos acercamos lo que pudimos, y cuando ya el cañonero no podía arrimarse más, nos metimos en una canoa diez hombres armados de maüser con el comandante mismo, y llegamos á tierra á remo, sin hacer caso de otras dos descargas que nos hicieron, siempre escondidos, los insurrectos. En la segunda nos hirieron en un hombro á un chico de Cádiz muy gracioso, que siguió diciendo chistes coino si tal cosa En seguida hicimos fuego sobre el punto donde habíamos visto los fogonazos, y el comandante, aunque sólo íbamos diez hombres y no sabía los que había tras de los árboles, nos dijo: ¡Adelante, muchachos 1 y á todo correr nos dirigimos hacia el enemigo. Apenas nos internamos en el bosque, cuando empezamos á ver fusiles por el suelo, machetes, cananas y otros efectos, que probaban que el enemigo, como siempre, estaba ya de naja y había empezado á tirar estorbos para correr más de prisa. Nos desparramamos los de la tripulación, y cuando quise acordar estaba solo en la espesura. Volví pies atrás para incorporarme á la fuerza, y á los pocos pasos ¡zas! una detonación y un silbido de una bala que me debió pasar cerquita de la oreja. El humo me indicó el sitio desde donde me habían tirado, y dije para mí: Si huyo, me tiran otro mandao. Y sin reflexionar, me arrojé al lagar donde debían estar escondidos los traidores. Y allí estabau dos mambises, uno armado y otro sin armas. Me eché el fusil á la cara y grité: q Al que se mueva lo abrasoU Entonces el que tenía arma dijo: No nos movemos; mi compañero está herido y yo tengo el arma descargada. Pues andando delante de mí al cañonero. El que estaba ileso cogió á su compañero en brazos porque estaba herido en un pie, y salió delante de mí. Yo iba detrás con el maüser preparado, pero me dio lástima á los pocos pasos de ver aquel horubre con su compañero á cuestas, y le ayudó á llevarlo. En un instante llegamos á la playa. La tripulación del cañonero estaba poco menos que rezando por mí, porque resultó que yo me había perdido por no oir la orden de retirada. El comandante, cuando vio que yo traía dos prisioneros, me abrazó y me dijo que me proponía para una cruz pensionada de María Cristina. Cuente usted todo esto al pueblo y á mi novia y al cura y á D. Agapito, para que rabie. Rezo mucho y me acuerdo mucho de usted; pero la- voy á pedir un favor, y es que no llore más, porque yo estoy bueno y gordo y estaré pronto en esa. Su hijo A bordo del cañonero Águila. Isla de Cuba, 1. de Marzo. CARTii M -i A Antonio García. Cañoneri A nilii- h ii d f nhit Querido hijo: Tu hernaana y y j lieTnii- n -criaiii la MIM I loiin i pueblo. El alcalde ha dicho que la va i ¡iiililii ai cu io- i M UH lii o- y. u i que vean en Madrid lo que son lo Iii i di i) jili iiiw I) V, M I1I) im dijo: Ahora me alegro más de no li.ili eitt iii -t. ido el rnii r- i p. ir, it dimir á tu hijo ¡Nos está honrandi) a uid. Kl- M iinr i ui. i ahí i que este es un mal hombre Sin ciiibiri; irio a me ha prestado dinero, aunque miu puco. nii índice que como tienes una cruz peri- ion ni. i v. i lij con qué responder en la casa. Lf u- tMiuIn i (U firmar una porción de papeles. Como va á salir el correo, no te puedo decir más en esta carta. Todos estamos buenos. -Ten cuidado de no volverte á quedar solo entre los insurrectos. Ta MADKE r. Ordenes, 22 Marzo. CÁETA ITÚM. 4 A María Ferrer, en Ordenes (Cdf- uíía) Querida madre: Aunqu escrito hace ocho días, lo hago