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CUENTOS DE LA GUERRA EL BUCHE DE AGUARDIENTE ¡Maño! ¡Y qué bien y que vendrían ahora unas chuleticas de carnero pa el prostrel- -Manque fuán de huerta, chiquio. Los dos baturros sorbieron en sus cucharas de estaño, mientras un madrileño muy corrido, de la clase de exestudiantes, decía m e t i e n d o la suya en la olla: -Pues señor, no falta más que el huevo frito para que parezca este rancho uno de los almuerzos que nos daba cierta espléndida pupilera, que en paz se tueste, de las de seis reales con vistas á la calle. Arroz liso y mondo, y café. La compañía de línea, destacada dé avanzadilla en lo alto de aquel repecho, al amparo de una trinchera y de un fortín que custodiaba un centinela, comenzaba á comer su rancho de la tarde, junto á los fusiles agrupados en pabellones. Oada soldado engullía de su escudilla, sentados todos sobre el espeso césped, y apenaba ver subir de las marmitas, llenas de arroz cocido, un humillo triste que no esparcía en el aire olor alguno á guiso sustancioso. Era el alimento del castro estrechamente sitiado, imprescindible para no morirse de hambre; el epílogo de una serie de sufrimientos inauditos, del sol de fuego, de la lluvia torrencial, de la intemperie, del no dormir, del mucho batirse, revelados en los rostros de bronce en fuerza de curtidos, en los pelos y barbas largos, zarzosos, en los uniformes de rayadillo hechos pedazos. Pero allí estaba la clásica resignación española, el desprecio legendario á la mala suerte, el estoicismo de raza: los soldados bromeaban, canturriaban, decían cuchufletas, lil rancho iba á mejorar de un instante á otro. Había llegado ya una de las columnas de socorro y se esperaba otra con víveres. Hasta puede que les dieran jamón con chorreras agregó el madrileño. ¡Pues no será porque no hay material á la vista! dijo uno de los baturros señalando al valle en el que acampaba entre las seculares arboledas el ejército norteamericano. Los dos aragoneses y el madrileño formaban grupo aparte al pie de un plátano con un cabo de la misma escuadra, poco hablador. Dos cruces rojas colgaban en su pecho. En las sangrientas jornadas de la víspera y antevíspera todo el mundo le había visto batirse con unos bríos tremendos, sin cansarse, sin volver la cabeza, cargando el primero al machete al contener al enemigo con falsos ata. ques. Y ahora, escuchando á sus camaradas, mostró su bota reglamentaria diciéndoles: -Yo no os puedo ofrecer carne ni patatas; pero, vamos, que no os vendrá rnal un poquito de aguardiente. Algunos meses hace que no lo probamos. Todas las miradas se clavaron en el cabo, sorprendidas. Otro cabo del mismo pueblo, cazador, de la columna llegada en socorro. de la plaza, le había dado la mitad de medio cuartillo que le quedaba. Eegalo inapreciable. Poco era, pero lo repartirían entre los cuatro, aunque tocaran á chupito sólo. La fraternidad nacida en campaña encierra una verdadera ternura. El rasgo de compañerismo hizo asomar una honda satisfacción en aquellos cuatro hombres, que á diario desafiaban juntos la muerte. Un grito, seguido de un disparo, estalló en éstas en las trincheras, repercutiendo en la serenidad del crepúsculo. 1 A las armas I se oyó al centinela. Interrumpióse el rancho, requirió la compañía los fusiles y se lanzó á la carrera al parapeto. 11 Cuando el centinela descubrió al enemigo, estaba casi encima. Había subido la loma en silencio, arrastrándose, ocultándose detrás de las matas. Sería un medio batallón conducido por un jefe á caballo, un verdadero yanqui gigantesco que hacía un blanco magnífico. A lo lejos, en el fondo del valle, se distinguían más tropas á pie firme, á trechos ocultas en la espesura de Ja vegetación. Era temprano para una sorpresa. El crepúsculo alumbraba el paisaje con una tibia claridad. Más bien parecía tratarse de un ataque aislado, sin duda con objeto de tantear la fortaleza de la línea enemiga. La compañía esperó serenamente al amparo de la trinchera la voz de mando. No se oía ni el vuelo de un insecto. Diríase defendida por estatuas. Sólo uno de los aragoneses murmuró con ingenuo orgullo: