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Y á todo esto, ¡qué animación y. qué alegría en aquella acera de la más populosa calle madrileña I Con los gritos y pregones de los vendedores se mezclaba el rumor de las conversaciones y el ruido de los pasos de medio Madrid. El otro medio no estaba tampoco lamentando patrias desdichas en sus domicilios, sino divirtiéndose en las calles de Chamberí, las cuales eran asimismo teatro de animadísima verbena. Daba gloria ver á un pueblo gozar y distraerse con tal entusiasmo y decisión. ¿Qué hubiera hecho si en vez de tener que lamentar tan repetidas desgracias y tan terribles catástrofes hubiese alcanzado grandes ó incruentas victorias? I Entonces sí que habría sido sonada la verbena del Carmen! Más gente no hubiera habido en ella, eso no; más animación, tampoco; más alegría, imposible; pero ¡cómo nos hubiéramos puesto de buñuelos, ese manjar predilecto de los paladares españoles! Toda la indemnización de guerra nos la habríamos gastado en buñuelos cálentitos. La lástima es que, según parece, ahora la tenemos que pagar nosotros. Están, aviados los fabricantes de indigestiones nacionales fritas en aceite! ¿No te maravilla y asombra? me preguntó un amigo (uno de esos aburridos seres que siempre andan buscando motivo para incomodarse) ¿no te indigna, mejor dicho, el espectáculo de esta verbena popular tan alegre y ruidosa cuando aún no se ha extinguido el eco de los cañonazos que concluyeron en Santiago no sólo con nuestros barcos, sino con nuestra esperanza? -No me hagas un discurso patriótico, le respondí, y en forma interrogante, que es peor; á mí no me maravilla ni me asombra ni me indigna nada, y no porque todo me sea indiferente, ni menos porque profese de escéptico ó de desengañado, sino porque á semejanza del personaje de no sé qué poema de Campoamor, veo en el aire lo que quiero. Pero tampoco es preciso levantar los ojos buscando aire puro para ver en él lo que uno desea. Fíjate; estamos aquí en el centro; en el corazón de la verbena, codeándonos con todo Madrid, sin poder avanzar un paso, deslumbrada la vista por las luces de los puestos y las tiendas, y llenos los oídos de gritos, pregones y voces, entre los que sobresale por lo persistente y aguda la de ese que grita: Mojama fresca! mojamaaa IJ, como si anunciase el reinado de la gente nueva. Pues bien, empínate si puedes, y por encima de esa pina de cabezas mira á la acera de enfrente ¿Qué ves? -Chico, la veo completamente desierta, tristona y casi á obscuras; parece que acaba de pasar por ella un entierro. -Pues ya tú ves que esta acera animadísima, resplandeciente y bulliciosa, y aquella otra obscura, silenciosa y tristona, son dos aceras de uria misma calle. ¿Por qué has de pretender que los corazones humanos no tengan ó no frecuenten más que una acera, la de la tristeza, la del silencio, la del dolor? Nada, nada, amigo mío; imitemos á nuestros conciudadanos, y divirtámonos todo lo posible en la acera de la verbena. ¡No, y no! gritó desaforadamente mi amigo. ¡Eso no es patriótico, ni digno, ni español! Y se separó no sé cómo de mí. Después pude explicarme el motivo de tan brusca y patriótica separación. ¡Mi amigo compró mojama, y se pasó á la acera de enfrente, á la acera del dolor, para comérsela él solo I JOSÉ DB K O U R E ENTRE EL CALOR Y EL BANDO, o. XAUDAEÓ ¡No se puede ni respirar I