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ODO se nos va concluyendo en España menos el buen humor! decían varios madrileños optimistas paseando por la calle de Alcalá la noche de la verbena del Carmen. I Menos el buen humor y el aceite frito 1 hubiese yo añaidido, á no estorbármelo el cosquilleo que producía en mi garganta la acre humareda de un puesto de buñuelos calentitos. ¡Buñuelos calentitos! Ese pregón de todas las verbenas parece el anuncio de una Exposición de Bellas Artes ó la sección bibliográfica de un periódico. Buñuelos calentitos) He ahí un grito tan nacional como otro cualquiera, más nacional aún que el I Viva España I intercalado en la marcha de Cárfiz. Al cirio mil veces repetido aquella noche en la calle de Alcalá miré instintivamente hacia la Presidencia, en cuyo recinto me constaba que los ministros se hallaban celebrando consejo. ¿Llegaría hasta sus augustos oídos el pregón de la verbena? Probablemente sí; los voceros de todas las buñolerías poseen gargantas tan robustas como la de nuestro actual embajador en París; más aún, porque en la de éste es posible que produjera sus dañinos efectos la peste del aceite frito, poco grata á los bronquios diplomáticos, y en las de aquéllos ni el lowa disparando toda su artillería gruesa produciría la más ligera erosión. Pues si nuestros gobernantes oyeran durante su consejo una y cien veces el pregón de Buñuelos calentitos I ya no me asombra que se determinaran á suspender las garantía- s constitucionales. A un gritó tan nacional y tan subversivo debían responder con tamaño cerrojazo. Conste, pues, que obraron sabiamente; y dejemos este tema, porque aun aplaudiendo como aplaudo la disposición ministerial y el comercio de los buñuelos calentitos, vale más no meneallo. Ello es que la acera de la izquierda de la calle de Alcalá según se baja de la Puerta del Sol, campo de la verbena del Carmen, presentaba animadísimo aspecto. Los puestos se sucedían sin claro alguno, y entre éste de torraos y aquél de macetas, se veía otro eñ el cual se vendían ó nos vendían políticos de barro, baratos, eso sí, pero por lo mismo de imposible clasificación por su ningún parecido con los personajes que querían representar. Antes de decidirse á la compra de tan extraña mercancía, había que preguntar al vendedor, cogiendo del cesto una figurilla; tíQuién es éste? Y solía suceder que tampoco el comerciante atinaba con el nombre, pues por la misma figura á unos les respondía que era Moret y á otros les contestaba que Pidal, según la inspiración del momento. Me explico perfectamente las dudas y confusiones del vendedor de políticos de barro; varios paisanos del actual presidente del Consejo de Ministros han notado ya que el rostro de la estatua erigida á este hombre público en Logroño se va pareciendo cada vez más, merced á las injurias del tieinpo, á un retrato de Oalomarde que se conserva en el archivo municipal de aquella culta ciudad por no haber tenido tiempo los ediles logroñenses para estudiar y decidir lo que deben hacer con tal retrato. Pues de otro puesto de la calle de Alcalá partían continuamente los infantiles gritos de ¡Papá! y MamáI proferidos con cierto tono quejumbroso que recordaba las atroces crueldades cometidas en Murcia con los pobrecitos niños incluseros. No partían, sin embargo, esos tiernos llamamientos de inocenteS lalHos infantiles, sino de la bocaza de un hombrón que, merced á una lengüeta especial ya muy popularizada en Madrid, contrahacía la voz y el tono de la niñez. Ese hombre, imaginé yo pasando de prisa por dejar de oirlo, concluirá en diputado provincial. ¿Quién con más títulos que él? Tiene una Inclusa en la boca. En el tenderete próximo vendían abanicos para señoras y caballeros, pregonándolos á perra grande y á perra chica; un hermoso surtido de aire barato para lanzar á éste todas las canas. ¿Quién suda por un perro pequeño? preguntaba como indignado el vendedor de abanicos. Y quien sudaba era él; porque efectivamente, el sudor, á fuerza de pregonar aire, inundaba su cara y su cuello. ¿Quiere usted macetas de albahaca? me preguntaron del puesto siguiente. ¿Un ramo de claveles? ¿un manojo de rosas? Buenosjestán los tiempos para flores contesté yo. Pues Heve usted la albahaca, que no las tiene todavía. No, porque sigóiflca odio. De poco se repucha usted, señorito; es la planta de moda, ella florecerá. Es muy posible dije; y, sentí que me tocaban en elhombro. Volvíme y vi que otro vendedor ambulante dirigía hacia mí un monigote, el cual, merced á un sencillo mecanismo, tan pronto se alargaba como se encogía. E 1 último invento de la industria callejera! Parece la escuadra de Watson, pensé, que tan- pronto está cérea de Cádiz como disponiéndose á zarpar de Santiago de Cuba.