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vivían muchos que, como Floro, lo habían abandonado todo para conseguir su sueño. El mundo no les preocupaba; no tenían reyes, ni jueces, ni soldados, porque vivían de una esperanza, y ella era su gobierno, su justicia y su fuerza. Habían armado altas torres con amplios ventanales, y el de construirlas era su único trabajo. Lueso subían á ellas y clavaban los ojos en el cielo Desde las altas é inaccesibles montañas llegaba todos los días la mosca de oro. Revoloteaba sobre las torres, sin posarse en ninguna. Era muy pequeña, pero tan brillante, que dejaba tras de sí un rastro luminoso. Floro hizo también su torre. ¿Cuánto tiempo esperó en ella? Hundiéronsele los ojos y adquirieron un brillo trémulo sus pupilas, siempre inquietas, persiguiendo el caprichoso vuelo de la mosca de oro. Creciéronle las barbas y se volvieron canas; su traje se deshizo y su cuerpo también. ¿Cuántos años pasó esperando? ¿Cuántas torres se desmoronaron mientras él velaba en la suya? Tanto tiempo había pasado, que se agotaron las lágrimas de Marta. Estaba ya muy vieja, y un día dijo á Blanca: -Tu padre vendrá, sí; él no nos ha engañado; pero yo iría á buscarle. -Iremos, madre, contestó Blanca; iremos las dos. Pedro, que es tan bueno, querrá acompañarte también. Estaba Blanca tan hermosa como la propia Juventud. De su hermosura no la hablaban ya las violetas ni el rumor de la fuente, sino los ojos amorosos de Pedro. Cogieron ella y él á la madre, cada uno de una mano, y corrieron tierras y tierras y llegaron al fin. Era al anochecer, y las sombras agrandaban las torres, que parecían encantadas. Subieron corriendo la escalera, y se detuvieron detrás de la puerta. -Está dentro, madre, dijo Blanca; por entre las rendijas veo una viva claridad; ha encendido la luz. Corrieron todos locos de alegría, empujaron la puerta y se precipitaron en la habitación. TJna lumbre dorada é ideal la iluminaba é iluminaba también el espectro de Floro; tenía las manos extendidas, los ojos extraviados, y sonreía sonreía, BÍ, pero m: y- i no á ellos. Asomándose por el ventanal, de par en par abierto, estaba la mosca de oro. La luz era ella misma. Cerraron los ojos deslumhrados, y quedaron inmóviles; pero no habían entrado en silencio. Al golpe de la puerta, la mosca de oro revoloteó aturdida y dio sobre los cristales con sus alas. ¿Qué misterioso rumor llegó hasta los oídos del pobre Floro? Tintineó en ellos un ins tante, y luego no oyó sino el volar de las a as de oro en el espacio. La deseada había huido para siempre, y allí quedaba sólo su luminosa estela! Desoladas, se echaron en sus brazos la mujer y la hija. Querían ellas consolarle, pero ¿cómo atreverse á hablar palabra? cVenimos por ti, Floro. Venimos por usted, padre. Volveremos á casa; á todos nos aguarda en ella la felicidad. Esto pensaban decirle, pero habían aventado su fortuna y asesinado su esperanza. -Los que me quieren son los que me han herido, dijo el pobre. Y se dejó llevar en los brazos de su hija y en los brazos más robustos de Pedro. La madre iba detrás, y algunos infelices, rotos y consumidos, los acompañaron largo rato. Reían sordamente, y luego volvieron á sus torres á esperar un nuevo día. Ya estaba el viejo en el viejo sitial junto á la vieja campana del hogar. Había vuelto á la casa, y seguía con los ojos inquietos las chispas que escapaban chimenea arriba. Todas le recordaban el ideal perdido. Inmóvil y sin ánimos para andar por el cuarto, soñaba con lanzarse á la aventura de sorprenderle en las altas montañas y poseerle por astucia ó por fuerza. -Los dos iremos pronto, le decía Marta, á ese su palacio encantado. Verás como tú y yo moraremos en él y todas las hadas estarán junto á nosotros. Y Pedro, cogiendo entre las suyas las dos manos de Blanca, la decía; ¡Afanarse en buscar la mosca de oro para que ella traiga todas las dichas I Si esa virtud la tienes tú! Oigo en tu corazón el aleteo de los élitros de oro, tu cabellera resplandece, y en tus pupilas está la luz que todo lo hermosea. DIBUJOS DE OHIOEINO