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El Arrojado, hermoso vapor de la Compañía X, navegaba á toda máquina rompiendo con su delgada quilla el espejo de plata, que no otra cosa parecía en aquella tranquila noche de Primavera aquel mar de las Antillas iluminado por la luna en toda su plenitud, á la que no velaba ni la menor nubécula. Precisamente esto traía preocupado á su bravo c 9. pitán, puesto que U plaza á que se dirigía estaba bloqueada por formidable escuadra enemiga, y una noche obscura y tempestuosa le hubiera sido más conveniente para escapar del riesgo de perecer; porque al capitán del Arrojado, déaáe que emprendió su viaje, no se le ocultaban los muchos peligros á que iba expuesto, tanto más cuanto que antes de ser apresado por el enemigo y ver la bandera roja y amarilla sustituida por la del contrario, había resuelto echar el barco á pique. Como todos los años, en aquel día D. Paulino celebraba su fiesta onomástica y había reunido á su mesa á toda la oficialidad del buque franca de jervioio. La tripulación había sido obsequiada por su capitán con rancho extraordinario, Jerez y cognac para el cafó. A la sazón, los oficiales y su jefe terminaban los postres. Los camareros destaparon las botellas de champagne, y el espumoso vino llenó las copas de todos los comensales. -i Compañeros I exclamó D. Pauhno levantándose de su asiento y alzando la copa; ¡brindemos por España y por el próximo triunfo de sus armas, siempre victoriosas! Todos se levantaron, y alzando sus copas exclamaron: -I Viva Espafial No habían casi apurado el vino, cuando á la puerta de la cámara apareció, saludando rápidamente, uno de los segundos contramaestres. ¿Hay novedad? preguntó el capitán. -Dos barcos que el oficial cree sospechosos se divisan hacia la parte de babor. ¡Señores, todos á sus puestos! Todos subieron precipitadamente, pero con orden. El capitán subió al puente, en donde se encontraba el oficial de cuarto. ¿Qué pasa, Gutiérrez? -He creído ver á babor dos barcos que, al parecer, tratan de cortarnos la ruta. D. Paulino sacó del estuche sus magníficos gemelos, y con toda detención examinó el horizonte. -En efecto, á babor hay dos barcos y á estribor otros dos de mayor porte. ¿Enemigos? -Enemigos. Y con la rapidez que el caso requería, ordenó la maniobra más acertada: forzar máquina y variar de rumbo. El buque volaba sobre las tranquilas aguas, estremeciéndose por la trepidación de la máquina, arrojando la chimenea un torrente de humo denso y negro. El capitán, siempre en su puesto del puente, no apartaba un momento sus ojos de los gemelos, examinando los diversos puntos del enemigo.