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x EL VAGÓN FÚNEBRE Una noche de Enero en que azotaba el rostro el aguacero, viajaba yo, convulso y aterido, por uu rincón de España, cuando quedó mi jaco detenido en un paso á nivel de la montaña: Firme y callado, al pie de la cadena que acababa de echar, el guardavía, o n su cajiucha parda, parecía fantasma endemoniado ó alma en jjena. Surgiendo entre las peñas de repente avanzó hacia nosotros la serpiente i- esoplando cual fiera fatigada y tiñendo de rojo la enramada con el disco encarnado de su frente. Llegó rápido el tren, pasó rompiendo ia calma silenciosa del paraje con bocanadas de vapor, estruendo de topes y chirridos de! herraje, y vi junto á la cola, con las puertas de par en p a r abiertas, un vagón como todos los vagones, con una caja negra entre blandones. Descubrí mi cabeza con espanto, y recé no sé cómo y no sé cuánto. ¡Kecé por aquel muerto que entre los cirios fúnebres, cubierto po! -un anillo de la audaz serpiente, corría por los riscos de la sierra para bascar un hoyo ahá en su tierra y dormir en su seno eternamente I Ya se habían perdido enti- e las peñas los faroles rojos y ya apagaban del convoy el ruido los ruidos misteriosos de la noche, y aún tenía en mis ojos la visión temerosa de aquel coche que, rodando, se hundía en la negrura para dar á un cadáver sepultura. Y dé todos mis viajes por España, la más honda impresión, la que no olvido, es la de aquel instante transcurrido junto al paso á nivel de la montaña. SJNBSIO D E L G A D O 4i: v 5 1 -adu íá f. r.