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Ramales y GuadarminO, entre otros; memorable será el primer sitio de Bilbao y los triunfos de Esparteroy de D. Luis Fernández de Córdova, pero no se pueden desconocer los de Zumalacárregui y otros intrépidos caudillos carlistas, que trajeron casi hasta las puertas de Madrid al imbécil hermano del funestísimo Fernando. En 1840 se aseguró la paz después del abrazo de Vergara, y, la nación gozó de su más largo período de reposo, alterado, sin embargo, por frecuentes discordias en que corría la sangre española en pronunciamientos, batallas y fusilamientos, hasta que al terminar el afio 1859 y comenzar el 60 volvimos á empeñarnos en otra guerra contra el imperio marroquí. Mucha gloria y poco provecho ganamos en aquella campaña, en la que á las órdenes de O Donnell y con el concurso de genérales como Prim, Echagüe, Ros de Olano, Ruiz y otros, nuestros valientes soldados se cubrieron de laureles, teñidos con su sangre en el Serrallo, Castillejos, Tetuán, Wad- Ras y otros combates. i Nuestra Marina nos proporcionó poco después las victorias del Callao en 1866, cubriendo de gloria los nombres de Méndez Núñéz, de Topete, de Barcáiztegui, de Pareja y lo7i de todos los tripulantes y defensores de aquellos intrépidos barcos de madera que se batieron heroicamente contra fortalezas defendidas por poderosos cañones. Empañó las alegrías de la patria por esta victoria la sangre que se derramó aquel mismo año en las calles y en ios alrededores de Madrid, en barricadas y en fusilamientos, y fué creciendo la agitación, hasta que la batalla de Alcolea en 1868 dio el triunfo ádá Ee. volución, que derribó el trono de los Borbones De lucha en las calles de importantes ciudades como Málaga fueron los primeros tiempos del triunfo revolucionario, y las pasiones, excitadas en el período de la interinidad y con el advenimiento de la dinastía de Saboya, reprodujeron la gxierra civil, que estalló poderosa y pujante el año 1872 en el Norte, en el Centro y en las provincias dé Catailuña. La liberación de Bilbao, Somorrostro, San Pedro Abanto, Monte Muro, Las Muñecas, Estella, Seo de Urgel, son los principales recuerdos de aquella campaña, dirigida por el intrépido duque de la Torre, por Morlones, por el heroico D. Manuel déla Concha, que dio su vida por la patria, y en la que se distinguierom López Domínguez, Martínez Campos, Bermúdez Reina, Blanco, Primo de Rivera, Loño, Polavieja y otros, que ganaron sus grados en, los campos de batalla peleando contra las masas, mandadas por intrépidos- y aguerridos caudillos carlistas á los que no fué empresa fácil vencer. Y con la guerra carlista coincidió la insurrección en Cuba y el levantamiento cantonal en la Península, pasando nuestro valiente ejército por aquella terrible crisis del ¡que baile I y por la disolución del heroico cuerpo de artillería. La paz no se restableció por completo hasta el año 1876, ocupando ya el trono el ma 1860 logrado, rey D. Alfonso XII, al que debemos algunos de los pocos años de prosperidad y de bienandanza de que hemos gozado en el presente siglo, no habiendo en su reinado más sombra triste que la de la sublevación de Badajoz, que tan triste impresión causó en el ánimo del llorado monarca. Bajo el dulce y benigno imperio de la Regencia, ejercido por augusta soberana en la que se unen la virtud y el talento, marchábamos en, paz hasta que surgieron los sucesos de Melilla, á los que siguió muy pronto la renSvación de la insurrección cubana y más tarde la de Filipinas, coronándose todas estas calamidades con, la guerra con los Estados unidos, suma y compendio de todas. ¿Qué extraño es que nación que tanto ha luchado esté desangrada y empobrecida? Lo qufc admira es que tenga todavía las energías de que da muestra, y asombra considerar lo que sería este pueblo si en vez de gastar todas sus fuerzas en estériles- luchas las hubiera empleado en asegurar la obra de su adelantó y prosperidad, reaUzada aun en- inedio del estruendo de los combates. KASABAL DIBUJOS DE E S T E V A N