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SIEMPRE EN GUERRA 1 Qué batallar el de esta noble y valerosa España, que en todo el transcurso de su gloriosísima y accidentada historia sólo en contadísimos períodos ha podido gozar de algunos momentos de paz I Cuando no h a peleado contra poderosos enemigos, se ha despedazado en contiendas civiles, más terribles y sangrientas aquí que en ninguna otra parte por el valor indomable de los dos bandos, compuestos de españoles. No nos fijemos más que en el presente siglo, y encontraremos, al comenzar sus días, aquella gloriosa epopeya de la guerra de la Independencia, en la que no hubo apenas ningiín español que no fuese soldado, y en que sobresalieron los Mina, los Porlier, los Manso, Merino, Romeu ly hombrea del temple de El Empecinado, y en el que adquirieron fama inmortal, defendiéndose más que con murallas y cañones, con los pechos de sus hijos, ciudades como Za. ragoza, Gerona, Astorga y Tarragona. Siete años duró aquella gue 1830 rra, en la que el poderoso ejército francés, dirigido por el genio de I íapoleón y rnandado por bizarros y expertos generales, apenas fué dueño de más territorio que el que pisaba. Cuando el aguerrido y hasta entonces victorioso mariscal Dupont entregó su espada después de la derrota que sufrieron sus tropas en los Campos de Bailen, dijo á su insigne vencedor: -Tomad combates. esta espada, que h a triunfado en cien -La recibo con tanto m á s honor, contestó con su habitual sencillez el general Castaños, cuanto que ésta es mi primera victoria. -Y esto fué toda aquella guerra, lucha heroica de bisónos contra aguerridos y victoriosos; pero los bisónos defendían el honor y la integridad de su patria, y los otros eran unos infames invasores. Triunfaron los primeros n o sin haber derramado preciosa sangre en cien combates, y sobre todo en las bataE. íu. ít llas memorables de Talavera, Tamames y Ocaña. U n a s veces teníamos pérdidas como las de Badajoz; otras, victorias como las de la que precedió á la entrada en Salamanca. Los años 1810, 1811, 1812 y 1813 fueron para los españoles de r u d a pelea y de duras y crueles alternativas, hasta que después de la batalla de Vitoria, el sitio y toma de San Sebastián, el combate de San Mai- cial y la recuperación de Pamplona, nuestros abuelos, ayudados por los portugueses y los ingleses, lograron expulsar por completo de E s p a ñ a á los franceses en 1814, en que volvió á su patria y á su trono el deseado rey Fernando, de tan triste memoria. ¿Descansó por esto España? No; que la discordia volvió á encender bien pronto su sanguinaria tea, y á la lucha contra los franceses siguió la lucha entre absolutistas y liberales, que hizo pasar á la nación por períodos t a n terribles como el de 1820 á 1830, hasta que á la muerte del rey estalló aquella terrible, guerra civil que volvió á ensangrentar el suelo de la patria d u r a n t e otros siete años de combates verdaderamente titánicos, porque se desplegaba igual valor y tenacidad por las dos partes beligerantes. Muchos laureles ganó el ejército liberal en Mendigorría y en Arlaban, en Peñacerrada, 1830