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ncy, y más avanzada hay una línea de fuertes que abarcan hasta el territorio moro. Dicha línea comprende desde el fuerte Benzú por la derecha, al del Príncipe Alfonso por el lado opuesto, ocupando el centro el fueite de Isabel 11. Los edificios que cuenta Ceuta son de mediana construcción, pero los cuarteles son magníficos; entre ellos se cuenta el de La Beina que mitJe 110 metros por 90, componiendo un total de 9.900 metros cuadrados, y el, del Eevellín también espacioso y cómodo, que ocupa la parte central de la población. Dos compañías de ingenieros recientemente destinadas á aquella plaza, unidas á las fuerzas que componen su guarnición normal, dedícanse actualmente á los trabajos de fortificación y artillado, en previsión de algún ataque por parte de los yanquis. No llega á tanto la importancia de los cañones de Ceuta que puedan impedir el paso de la escuadra norteamericana por el Estrecho, como han pregonado con la mejor intención algunos optimistas. El Estrecho de Gibraltar tiene 17 ó 18 millas de una á otra costa. Los cañones de Ceuta de mayor alcance sólo pueden llegar á unos 9 kilómetros. En ta es condiciones, sería muy difícil, por no decir imposible, cansar daños de positiva importancia á la escuadra qce pasara por el Estrecho. Ceuta es á la par que una colonia penitenciaria, una colonia militar, y á la vez que tiende á corregir á los criminales que se albergan en su establecimiento penal, es la base de nuestras relaciones con el imperio marroquí; base que desgraciadamente, y por efecto de nuestro descuido y torpeza en asuntos coloniales, no ha dado los resultados que tan justamente debíamos esperar. Ceuta es la puerta de nuestra influencia eíi África, pero es una puerta de cuyo dintel no hemos pasado. Toda a importancia la absorbe allí la parte militar: fortificaciones. excelentes, almacenes de víveres y municiones, maestranza de artillería; baten as, casamatas, baluartes, revellines, magnífico castillo, todo, en fin, lo que constituye una plaza de guerra; pero en cambio se echa de menos ía vida y movimiento de una plaza comercial, cuando precisamente y por efecto de su misma situación y de sus condiciones militares debería ser el cemro de un poderoso comercio con la región en que está enclavada. En éstos tristes días por que atraviesa la patria, al ver cuan fácilmente se ha deshecho un imperio co onial tan grande y próspero como jamás tuvieron las naciones, rio puede menos de evocarse las figuras de aquehos graádes políticos españoles que, sin dejarse alucinar por el oro y las maravillas de América, vieron siempre en África el verdadero cauce para nuestro desarrollo colonial. Las figuras del Cardenal Cisneros, del Bey Católico, del conde de Aranda y tantos otros, aparecen hoy con gigantescas proporciones.