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o se oye otra cosa en los Jardines del Buen Betiro (y suplico: á los cantantes de la compañía de ópera barata que actúa con gloria en el teatro de aquel ameno sitio me perdonen esa afirmación, que en nada se refiere á sus bien timbradas y potentes voceé) no se oye, repito, más que el diálogo siguiente: ¿Y ustedes no van este año á San Sebastián? -No, señora; nos quedaoaos en Madrid por miedo á los yanquis. An p tPVaríen los lectores el puerto, y donde yo he dicho San Sebastián digan Santander, Bilbao, Gijón, Vigo, Alicante es lo mismo. Los madrileños nos quedamos este verano en casa, no por falta de metales precioso smo por miedo- S a c S r y ha tenido una gran inspiración con su escuadra oriental ¡qué orientales son aquellos buenos cmda danos que á veces parece destinada á bombardear nuestros puertos. Los temibles acorazados que la constituyen, ó sean el jLa áí? omi. an 2 podrán efectivamente poner asedio á nuestras capitales de la costa, pero por de pronto han levantado muchísimos sitios estrechamente formados á los bolsillos madrileños. ¡Cuántos padres de familia deben á Mac- Kinley el favor de haberles resuelto con honra y sm g tos el espantable problema del viaje estivall ¿Quién va este año al Atlántico, ante. las contingencias mas ó menos verosímiles de un bombardeo? ¡Quedémonos en Madrid, ó vayamos todo lo más al Guadarrama! Digo, tampoco al IfZenó c m permiso del ministro de Marina, el Guadarrama también es puerto. ¡Quedémonos en Madrid siempre que no nos quedemos por pobres, sino por miedosos I Disfrazando la parvedad de nuestros bolsillos ¿qué importa que se nos llame cobardes? Así hemos sido siempre los españoles; por eso todas las novias dicen á sus novios, y cuanto más míseros son éstos pronuncian aquéllas con más fuerza la erre: ¡Oye, ricol Rico, apelUdo español constantemente inscrito en los lilíros de los hospitales. Pues Mac- Kinley ha tenido otro acierto. Además de amenazarnos con la escuadra oriental para f o J dicho, á gran número de padres de familia madrileños, nos anuncia que la envía al mando de Watson, ó se Guatón españohzando ese apeUido, un comodoro sumamente cómodo, para que nos pasemos el verano con toda comodidad en nuestros respectivos domicilios. T V. IJ, J O Podrá ser guasón el que venga, pero es mucho más guasón el que dice que la envía. No en balde andan nuestros enemigos paftando alialzas con sus siempre odiados ascendientes los ciudadanos de la libre Inglaterra; ya se es ha pegada el Jmmour inglés, y luego acabarán por pegarse con los mismos ingleses por un quítame allá esa estación de carbón en estas ó las otras islas ajenas. f r! ri ofinr Mientras llega tan suspirado y dichoso momento, voy á permitirme el espionaje en fajor de nuestro odiado señor M. c Kinley, á quien hace muy poco tiempo todavía llamábamos oficialmente nuestro nMe amigo. Sepa nue tro noble amigo que puesto que manda un Watson ó Guasón á cañonear nuestras ebe dirigirlo con su escuadra en demanda de Cádiz, -de Vigo, de Santander ó de San- Sebastián. Aquí mismo, en Madrid, hav una playa mucho más bomhardeabU que todas las playas citadas: Ja playa de Eecoletos. ¿Como? dirán los lectores de provincias. ¿Hay ya playa en Madrid, sin que lo sepamos nosotros? Si señores, una playa hermosísima, pero sin olas; y no diaria, como todas la p ayas del mundo, sino dominguera. Una playa, en suma para los días festivos. ¡Figúrense los lectores de provincias si será playa I T Voy á explicar el caso, para que no se asusten los bañeros de la Concha, los del Sardinero ó los de Las Arenas. Se ha puesto de moda en Madrid, con permiso de los yanquis, pasear por Eecoletos de doce á una los días festivos y al trecho de ese paseo comprendido entre la opulenta Cibeles y el entristecido Colón se le llama vulga. rmente H playa, porque en él ó en ella lucen las muchachas madrileñas sus toilettes de verano, y los chicos madrileños profanos en natación las consabidas é indispensables calabazas. i, Además unas y otros, á pesar de la sombra que les prodigan los árboles, se bañan en sudor, que todo es baño; y aun cuando en esa playa madrileña falten, como antes dije, las olas, lo restante, ó sean la arena y el calor propio de todas las playas, abundan de modo extraordinario. f, 1I P Tampoco, preciso es reconocerlo, sube ni baja la marea; pero en cambio, con el ir y el tornar dejos paseantes sube continuamente el mareo; y si además escasean las algas, como cada muchacha tiene entre los bañistas tres ó cuatro pretendientes, sobran los algos.