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LA MARINA DE AYER Aún quedan en algunos puertos, más por olvidados que por reliquias sagradas, inmensos cascos cruzados dé grietas y llenos de herrumbre, que fueron ma ravillosas fábricas de la marina de ayer. Desnudos de la arboladura, que era su gala, esos gigantescos pontones van deformándose y deshaciéndose pieza á pieza hasta semejar el inmenso y negruzxo esqueleto de un animal antediluviano. Nadie diría al contemplar las pesadas moles de esos buques que el aire los había empujado por el movedizo camino de las aguas, ese mismo aire que ahora se cuela atrevido y burlón por entre las cuadernas agrietadas, haciéndolas crujir con ruidos que parecen lastimosas quejas. Euinas olvidadas de la marina de ayer, de la marina de vela, muerta por el vapor y la hélice, esos buques representan todo un mundo que fué, y al cual pertenecieron la atrevida nao Vitoria, que gobernada por Sebastián de Elcano circunnavegó el globo por vez primera; las gloriosas carabelas de Colón, que vieron nacer el día en costas por nadie sospechadas; los bajeles victoriosos de Lepanto, y aquellos pesados galeones en los cuales mandábamos sangre y civilización á nuestras colonias en cambio de un oro que ojalá jamás hubiese nacido en entrañas tan ingratas. Triste es contemplar las ruinas de un soberbio edificio, resto de algún pueblo muerto, pero más triste es mirar el casco agrietado de un buque de la marina de ayer. Porque cuando de ese edificio, templo, circo, teatro, arco triunfal, se desmorone la última piedra, todavía podrá decirse pisando el desnudo solar; ¡Aquí fué! pero cuando de ese buque se arranque el último hierro desgarrando la última tabla, ¿quién podrá señalar dónde ha estado? ¿quién podrá decir dónde ha sido? ¡En el mar todo es naufragio I QiKÉs DE PASAMOKTE Fotografías remitidas por el Sr Pórtela