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El problema del aprovisioaamientD de los ejércitos, que es uno de los. m á s difíciles y esenciales en las guerras modernas, tiene un doblé carácter en la lucha marítima por k necesidad de atender no t a n sólo á las municiones de boca y guerra, sino principalmente al combustible, que en gran cantidad consumen los n o v í s i m o s barcos de vapor. De ahí la importancia que para las escuadras beligerantes tiene el número y proximidad de las estaciones de carbón con que cuente la nación respectiva; de ahí la principal desventaja de España al enviar sus barcos tan lejos de la Metrópoli, y la desahogada situación de los yanquis teniendo la guerra casi á tiro de ballesta de sus costas y contando con la ayuda mal encubierta, ya que no con la alianza declarada de Inglaterra, verdadera reina de los mares por sus escuadras enormes, por sus estaciones de carbón estratégicamente repartidas en todo el globo, y por la asojnbrosa riqueza hullera del país británico, donde están enclavadas las mejores minas de cantidad y calidad, como son las famosas de Oardiff en el país de Gales. Las dos caricaturas que reproducimos en esta plana indican con el laconismo expresivo del lápiz lo que ocuparía mu chas columnas al ser explicado por modo menos gráfico. E n la primera, que es del rabioso periódico yanqui Puck, se adula á Ingla térra presentando á J h o n Bull orgulloso ante una colosal esfinge de carbón, mientras las naciones continentales rinden pleito homenaje al feliz poseedor del diamante negro del carbón de piedra. L a segunda es del popularíeimo Punch, de Londres, y sobre el expresivo título de El rey de los mares se ve u n ÍÑeptuno modernista, mitad mariaio, mitad minero, surcando orgulloso los mares en u n a carbonera. A todas las naciones previsoras ha preocupado la cuestión del carbón. Alemania, en el ve- ai. o de 1885, no parecía buscar otra cosa en las Ciiolinas sino u n depósito de combustible; ¡a cuestión planteada hoy en las costas de China, y la que habrá de plantearse en Filipinas mañana, reconocejí por causa no sólo el mal instinto de rapacidad desarrollado en las grandes naciones, tino la necesidad de puntos de apoyo, descanso y aprovisionamiento, lo mismo para sus marinas de guerra que para sus barcos de comercio. E n cuanto á España, sabido e 5 que la cuestión de carbón se ha presentado allí donde tocaron nuestros buques de guerra. P a r a la escuadra de Oervera, en Cabo Verde, en la Martinica y en Saint- Thomas; para la escuadra de Cámara, en Port- Said y demás estaciones de la ruta á Pilipinas. L a ciencia moderna pregona las grandes economías logradas en las modernas máquinas de vapor, merced á las calderas multitubulares, al invento de Carliss, que hizo posibles las actua es máquinas de doble, triple y aun cuádruple expansión, y á los progreeo 3 de la metalurgia, que han abaratado considerablemente el acero. Mas á pesar de todo, las mejores calderas no aprovechan sino el 8 por 100 de la energía residente en la hulla; todo lo demás escapa en h u m o y calor por las chimeneas ó abrasa el desnudo torso del fogonero, último mono de las dotaciones navales. De ahí el gasto enorme de carbón; de ahí la necesidad de m a y o r e s progresos ó de nuevas fuerzas motoras; de ahí también la interesante aunque modesta y obscurecida figura del pobre fogonero, á cuyo tacto y pericia queda encomendada u n a de las funciones de más trascendencia p a r a u n buque, cual es el mayor aprovechamiento posible de la energía calórica de la hulla.