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Al cabo el buque hizo u ü á guiñada en el oleaje, que coincidió con u n balance formidable. Algo nuevo acontecía. La sacudida derribó por el suelo á dos ó tres pasajeros. Pero todos dieron por bien empleada el porrazo. ¡ViramosI ¡viramos! El capitán se decidía al fin. Aún era tiempo de lanzarse á la alta mar y de ponerse en franquía á fuerza de máquina. Había obscurecido completamente, entrando u n a noche clara y t r a n s p a r e n t e en la que mugía el viento. Conocíase en la fuerte resaca la proximidad de la costa. E n el reloj de la cámara dieron las ocho. Ahora se apagarían todas las luces de á bordo, y á volar Océano adentro. Y entre la completa estupefacción del pasaje, que rompió en un grito de espanto, el trasatlántico hizo vía á tierra, es decir, al apresamiento ó á la muerte. 11 Todo este terror había llegado hasta el puente transmitido por boca del mayordomo, que como el que refiere lo que oye, procuró por cuenta propia que el capitán lo supiera al servirle la comida, aunque sin esperanza de éxito. ¿Huir yo? ¡No lo he hecho nunca! exclamó el capitáa sin alterársele u n a fibra del rostro. El mayordomo apresuróse á comunicar al pasaje la resolución del capitán. Algunos viajeros comenzaron por extrañarse de que en t a n críticas circunstancias comiera, y concluyeron por hablar de su temeridad, que iba á sacrificarlos á todos, hablando por supuesto en voz baja. El capitán no les hizo caso y continuó en su sitio acostumbrado, que durante la navegación no abandonaba sino para dormir dos ó tres horas diarias, esclavo, de la aguja de la bitácora, dando órdenes á la máquina con la manivela de señales ó de palabra al timonel, cogido á sus espaldas á la rueda. Cuando el vigía anunció el primer crucero, el capitán no pestañeó siquiera; lo examinó con los anteojos y formó sn plan en seguida. El buque de guerra le cortaba la r u t a d é l a Habana. ¡Y qué! Ordenó entonces aquella maniobra extraña de ir y venir sin alejarse del mismo punto, pero manteniéndose distanciado del vapor yanqui. El pasaje no entendió jota; pero la dotación, experta, se caló en seguida el propósito de su jefe. Estaba el trasatlántico á la vista del paso de las Oropéndolas, un peligrosísimo estrecho con un bajo que constituía el terror de todos los navegantes. Si la tripulación no hubiera sido gente criada en el mar y hecha á vencer sus peligros, más de unos pelos se habrían puesto de punta. Pero confiaba además en la pericia del viejo lobo que los llevaba, y aguardó í- in zozobra. La única muestra de impaciencia que el capitán dio en aquellas horas mortales de la persecución consistió en sacar el reloj del bolsillo dos ó tres veces. Cuando apareció el segundo crucero fué una de ellas. El cambio de tiempo pareció inquietarle un instante; pero al convencerse de que se trataba sólo de un vendaval hasta se sonrió, cosa que no hacía nunca. No dijo una palabra de lo que preparaba á ninguno de los oficiales. Era así, un- a esfinge metida en u n cuerpo peqxieñito con impermeable de hule y coronada de u n a cabeza, con un bosque de pelos en l a cara. El segundo crucero, de mayor potencia, empezó á estrecharle, á ponerle en un apuro. Si se acercaba á tiro de cañón, estaba perdido el trasatlántico. ¡Y al w. ido parecían nacerle alas! El sol habíase su j 3 k mientras en la línea remota del agua. Si el i- hubiera podido, habríase hecho venir encima í í. 3 de repente. Maldecía en su interior los crepúsculos ecuatoriales, tan llenos de claridad. P o r fin las sombras invadieron totalmente el oleaje, y de pronto el capitán dio una orden á la máquina y dijo al timonel secamente: V- -Vira en redondo. í El oficial de cuarto no pudo callarse, y exclamó: -Ya sabíamos todos que íbamos á las Oropéndolas. ¿Pero qué aguardábamos? -La pleamar. El trasatlántico, á toda máquina, con sus faroles apagados, pegadísimo á uno de los ñancos del estrecho, la única entrada posible, salvó el cayo, que dejó á u n lado hen- diendo el tumultuoso oleaje, mientras mar afuera veíanse las luces de los cruceros detenerse como desorientadas. Y sólo entonces el capitán se permitió el desahogo de limpiarse el sudor de la frente, brotado ante el doble riesgo acabado de correr, exclamando con voz trémula pero satisfecha: ¡Que pasen ahora esos cochinos si se atreven! A L F O S S O P É R E Z NIEVA DIBUJOS DE A L V A R E Z SALA