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m K el distrito, que no me quiten el alcalde, que no me quiten el empleado que tengo en las colonias M una iniciativa, ni una idea nueva, ni una ley reformadora, woiáffl Y sale todo el mundo diciendo: ¡Cómo lia estado ese hombre! (Y allá que se pudran en Manila, que se las arreglen. en Canarias, que. siga el entusiasmo de la palabrería! Móltke, el gran Moltke, que era uno de los hombres- más ilustrados de Europa y el primer general de su tiempo y hablaba doce idiomas, era incapaz de hacer un discurso. Yeóes- hubo, en que leyó, en el Parlamento alemán lo que tenía que decir, y á nadie se le ooiírrió que eso, no era parlamentario. Aquí no podemos admitir que el que está sentado en el banco azul no sea eso que líanian oroáor de talla. Ni siquiera se le ocurre á nadie que en estos momentos lo que hace falta es ministros gwe no hablen. ¿Pero y si un diputado le interpela? ¿Y si le preguntan sobré lo que está pasando? Pues no debe contestar nodal Estamos én; un momento histórico en que todo Gobierno li beral ó conservador, debeser MUDO en cuestiones internacionales. La fiebre, la locura de noticias hace olvidar átodo el mundo que preguntar, propagar, publicar lo que se está haciendo, es entregarse al enemigo, comprometer toda negociación, descubrir secretos de Estado, que hoy son los dé- la patria... ¿Y todavía se piden ministros we a 6 Ze Los oradores brillantes y los habladores parla mentarlos son los que nos han perdido en lo que llevamos de siglo; no hemos hecho nada en prevención de lo qué hoy nos pasa, i pero tenemos los priineros oradores del mundo! Una señora amiga mía que no se fía de la sobriedad de su criada, cuando le da á ésta un plato que contiene alguna golosina, le dice: -Heve usté esto a l a despensa, y ¡vaya usté cantando! De este modo la criada no puede comerse lo que lleva en la mano. Aquí ha sucedido al revés. Los oradores tienen en la mano hace cuarenta años el plato de carne fresca que debieron llevar al horno, y van andando, andando despacio y cantando discursos. La carne está todavía cruda, y el país con hambre atrasada. Un ministro que no cante será siempre para la decadente generación actual un cualquiera. La gran cuestión es hablar, decir cosas muy bonitas, y que luego nos hagan ir á buscar á los yanquis á nado... Al cante hondo y al caxAo: flamenco, hay que añadir el cante encasillao. ¡Oh, qué tristes monientos I EusEBio BLASCO J SÉ Woq lo o s