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7 f: Decían por ahí hace días, y creo que es verdad, que una de las grandes dificultades que impidieron al Sr. Gutiérrez Agüera ser ministro de Estado, consistió ¡en que no es orador I Es diplomático reconocidamente notable, conoce á fondo todo lo que á su difícil carrera se refiere; la opinión hubiera visto con gusto su nombramiento ¡pero no es orador! Y aquí, en esta España de 1898, sucede en otro orden de ideas lo que en la vida corriente: al que no tiene palabra, no se le hace caso. ¿Qué importa que un diplomático sea capaz de resolver grandes problemas internacionales en estos momentos y dirigir las negociaciones más complicadas de los tiempos presentes? ¿No es hombre capaz de hacer un discurso de esos que son oídos con gran atención por toda la Cámara, como se dice al día siguiente? Pues nada, ¡so sirve I Al ver á todo el mundo tan contento porque el nuevo ministro, de Marina habla muy bien, y al oir lamentarse á la gente de que el candidato aquél á ministro de Estado no hablaría una hora seguida, no sé si reir ó llorar, porque este es el signo más evidente de la triste situación á que hemos llegado. Todo español puede ser diputado; pero si no sabe hacer discursos, aunque en forma sencilla y prácti- ca exponga sus ideas con muchas razones y pocas palabras, es hombre perdido, no será nunca nada. Las palabras, y sobre todo las palabras huecas, la poesía en prosa! Eso, eso es lo que gusía; y así estamos de lucidos. Hay una discusión de presupuestos una tarde de esas en que se discute lo que á todos interesa, contribuciones, agricultura, cupón, rentas, fondos para la guerra, trigos, harinas, tratados de comercio No es aquella tarde cuando las señoras piden billetes y los pasillos del Congreso están llenos. Apenas entran en el Salón de Sesiones veinte diputados; las leyes son votadas á fuerza de llamar diez veces á votar hasta reunir número suficiente de perezosos. Pero se anuncia un discurso de éste, una interpelación del otro, una representación de monólogos poéticos- polítieos, con las vulgaridades de siempre, los párrafos de diez minutos que eran de moda hace medio siglo, y se llena el Congreso, y las tribunas, y la calle, y hay en la plazuela por donde se entra en la tribuna pública un tendido de los sastres donde se espera con afán el momento de oir á uno de esos que nos están corrompiendo las oraciones treinta años há con aquéllo de: t ¡Ah, señores I Ya os lo dije en la legislatura anterior. ¡Hay males que no tienen remedio! Ó bien aquello de: ¡Ah, señor Sagastah í ¡Ah, señor Tall ¡Qué responsabilidades h Y luego, que me arreglen í fe gfi n