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-Coüfleso, s e ñ o r a que m e es muy doloroso encontrar á uria persona decente y h o n r a d a como usted á la puerta de esa capital llena de bribones que llama el mundo Nueva York. Más me agradaría hallarla en el patio dei mismo Monipodio, maestro de ladrones y ladrón él mismo, pero con cierta nobleza y cierta dignidad jacarandosa, que si no disculpan el delito, lo hacen, al menos por lo pintoresco y lo gracioso, digno de ser reseñado por la pluma de u n Cervantes. Pero aquí, ¿qué alumbra usted sino cacos v u l g a r e s ebrios de aguardiente, patosos como sajones é hipócritas como purilanos? -Tiene usted razón, amigo mío; estoy hasta los pelos, que me hizo ol escultor de esta gente. ¿Por qué no intenta usted la huida? ¿Quiere usted el brazo? ¿Y cuánto voy ganando con ello? -I Ah, señora! A pesar de todas sus protestas, usted es ya completamente yanqui. Ofrezco la libertad á la misma Libertad, y m e pregunta cuánto va ganando ¡No se respira impunemente la atmósfera suciamente mercantil de este pueblo. Usted es una Libertad prostituida A los pies de usted, señora, hasta cierto punto. -Hombre, no sea usted inflamable como la antorcha que yo tenía antes en la mano derecha. Cierto que le he preguntado á usted que cuánto voy ganando por intentar la fuga en su compañía, pero eso obedece á que ayer tarde precisamente un empresario de la Florida vino á proponerme cierto negocio. Ese tal tiene arrendados diversos circos en este y en el otro hemisferio. E s u n B a r n u m en estado de canuto. Pues bien, ayer vino y m e dijo: Yo y usted (finura yanqui) señora estatua, podíamos hacer u n bonito record. Tengo u n a piara de compatriotas amaestrados. ¿Qué éxito de contaduría no sería el mío si pudiese presentar en las diversas pistas de mis distintos circos á la estatua de la Libei- tad iluminando á una piara de cerdos iluminados en libertad? Nada, que en menos de uri año m e llenaba de doUars. Abandone usted, pues, esas cuatro piedras que le sirven de pedt- stal, y vamonos por esos mundos. ¡Le pago á usted la manutención y la ro a! Yo ¡naturalmente! le miré dp arriba abajo y le despedí con cajas destempladas. De la Ira se me conmovieron varios sillares posteriores. Influida aiin por ese lance, le, he preguntado á usted que cuá) iío iba ganando por acóínpañarle; pero si usté I me quiere de veras y es algo toreador, me voy gratis con usted. ¡No en balde tengo sangre francesa! Mi papá fué Bartholdy. ¿Ha dicho usted Bertoldi? -No, señor: Bartholdy. ¡Como la encuentro á usted entrejMtosBertoldinos! ¡Pues si usted supiera los Cácasenos que hay también I Mire usted mi pedestal; ¡da asco! -Ya lo había notado. 7- -Hasta mis propias augustas narices sube el olor de los doUars mal digeridos. Estos yanquis, amigo mío, se retratan á cada paso. -Querrá usted decir que se retractan. -No, señor; digo, y digo bien, que se retratan. en sus propias obras. ¿Tiene usted por casualidad u n frasquito desales? -Ahí va; son inglesas. ¡Phuá, qué asco! Huelen á Chamberlain. ¿Y qué olor es e. e? -Olor al antiguo producto de las Canarias, Olor á cochinilla. -Me parece que ha cambiado usted el género; hablábamos de Chamberlain. -Bueno; póngalo usted en masculino en obsequio á ese político de la patria de Osear Wilde, pero con ciertas atenuaciones, por si acaso. -Lo pongo con esas atenuaciones y le suplico que me conteste á la siguiente pregunta: ¿Qué h a hecho usted de la antorcha con que iluminaba á los yanquis? -Tirarla al mar por inútil. ¿Cómo poi: inútil? -Sí, señor, todos están constantemente iluminados por dentro. Ah, yai ¿Para qué demonios querían mi antorcha rnientras haya hrandy -No le falta á usted razón. ¿Y la h a sustituido usted con u n manojo de llaves? N o amigo mío, son ganzúas. -Bueno, llaves inglesas y norteamericanas. Si le encontrasen á usted con ese manojo en España, mi país, la llevaban á la cárcel por blasfema. -Pues mire usted, ¡mayor blasfemia que h a b e r m e puesto á mí, á la estatua de la Libertad iluminando el mundo, á la entrada del puerto de Nueva York! -Caramba, ¡qué bien discurre usted, señora e s t a t u a! Parece mentira que haya usted estado tanto tiempo entre estos yanquis, porque indudablemente algo se le habrá pegado á usted de su trato. -Ni tanto así, monsieur le journaliste. -Vaya, algo habrá; no se es i m p u n e m e n t e durante años y años la Libertad d e los yanquis. -Yo n o soy la Libertad de los yanquis. Soy, como antes le dije, francesa, y algo mejor que aquéllo, monsieur. ¡Soy u n a cocoífe. ¡Olé el bmdevard do tu m a d r e! ¿De modo que nos vamos juntos, ó sí? -Sabes el golpe de Pranzini y de Prado, el famoso coup del toreador? -Lo sé. Pues entonces ¡Allonsnousl (La estatua y el periodista vanse á una casa de dieciséis pisos de Nueva York. Esta, el año próximo tendrá probablemente diecisiete. GiNÉs DK PASAMONTE