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tradictorias aficiones de mi extranjero, habré de retratarle en cuatro rasgos. Podría tener de veintiséis á treinta; alto, anguloso, como tallado á hachazos; y el contraste de su figura consistía en aquel corpachón de boxeador y púgil terminado por una cara imberbe, rasa, de ojos incoloros y fríos, de boca femenil. Llevaba el pelo muy recortado, y al sol su cabeza parecía de oro pálido; en suma, la facha de un puritano y de u n clergyman, y desmintiendo el tipo clerical y beatífico, u n a fisiología poderosa. Su carácter era poco expansivo, con súbitos arrebatos de voluntariosos antojos; y noté fácilmente cómo en las tiendas de antigüedades pasaba- de la glacial indiferencia al violento deseo, determinado, no por la belleza de u n objeto, sino por su alto precio ó su rareza. Dentro de poco- -solía decir en regular castellano al sacar la cartera atestada de billetes- -tendremos allá lo mejor de la vieja Europa. Compraba lo mismo que quien roba, y sin mirar sus adquisiciones segunda vez, las encajonaba y expedía. Lo único que despertaba en él una emoción parecida al respeto, eran los cachivaches de carácter nobiliario- -que suelen hacernos sonreír á los españoles. -Un carcomido escudo de armas, u n a amarillenta ejecutoria con miniaturas, le atraían y borraban la contracción irónica de sus labios. Llamábase Ricardo Stoddard, y sospecho que poseía fábricas de harinas y pastas; pei- oj a m á s lo confesó, y pidióme por favor que le llamase siempre don Eicardo, en lo cual á poca costa le di gusto. U n a mañana, mientras rebuscábamos tesoros de arte, apareció ese San Benito de Palermo, cubierto de polvo y destrozadillo. Don Eicardo miró la efigie y pronunció con calma: Estúpida, u n a religión que pone en altares á los negros. No sé si porque me soliviantó la grosería de la frase ó por espirita de contradicción, en el acto compré la escultura y mandé que la llevasen á casa del restaurador, directamente. Quería desagraviar al Santo de la obscura tez, y dar de paso u n a lección al ciudadano demócrata. Por casualidad, estábamos de acuerdo en visitar aquella misma noche u n cafetucho de no muy buena fama, cerca de los barrios bajos. Si bien me desagradaban tales excursiones, no me creí dispensado de acudir á la cita, y nos instalamos ante una mesa, pidiendo cerveza y u n grog. Habría transcurrido un cuarto de hora, cuando vi que á la mesa próxima acababa de acercar su silla u n corpulento negrazo. E s tan poco frecuente ver negros en Madrid, que le miré con profunda sorpresa, admirando su atlética complexión, su arrogante estatura, su vigor, sus ojos brillantes y la corrección de su traje; vestía de gris, con chaleco blanco, y calzaba guantes de gamuza barquillo. Sin poder contenerme, toqué en el brazo á don Eicardo y le dije sonriendo: -Buen tipo, ¿eh? jQué ejemplar! Volvióse el yanqui y posó en el negro sus pupilas descoloridas y aceradas. No recuerdo mirada así: el desprecio condensado hasta producir la frigidez del hielo, y la altivez que encuentra su fórmula definitiva y triunfante, se revelaron de la ojeada que siguió á mi observación. Y con voz incisiva, estridente, que azotaba, pronunció en alto; -i O h! Sí. I Vale mil doUars I No puedo describir el efecto que me causó aquel precio de mercado, aquella tasa de caballo ó de res vacuna, arrojada á la faz de u n racional, de u n ser humano; pero describiré el que causó en el negro, que había oído perfectamente. Palideció poniéndose verdoso- -es como palidecen ellos; -la blancura de sus ojos giró, y levantándose de u n brinco de tigre, quitóse un guante ydo proyectó contra la mejilla del norteamericano. Éste esquivó el choque ladeando la cabeza; sin perder su fiema, asió las tenacillas del azúcar y con ellas cogió el guante, sobre la mesa caído; llamó al mozo y ordenó: -i Se lleve usted pronto esto porquería! El negro permanecía de pie, lívido, cruzado de brazos, desafiando. Por u n instante temí que iba á precipitarse hacia nosotros. Su gigantesco corpachón retemblaba de coraje; sus dientes castañeteaban de ira. Sin embargo, se contuvo, abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo, advirtiendo que en el café gente, alborotada, se arremolinaba ya esperando alguna bronca, pagué el consumo y logré sacar al yanqui afuera. Al verse en la calle, dijo seca y acerbamente: