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-Tengo el mayor placer en Baludar á usted, señor cerdo (con perdón) participándole, por si usted lo ignora, que recientes sucesos le han hecho el personaje de actualidad. -También tengo yo mucho gusto, señor periodista (con perdón) en departir con un colega. ¡Oómo I ¿Usted se ofende porque le llamo cerdo? ¡Naturalmente! ¿Y por qué no m é he de ofender yo cuando me llaman ustedes yanqui? ¡Ah! vamos, se trataba de represalias. -Sí, señor; se trataba de represalias, porque estoy harto de soportar que ustedes nos confundan con los subditos de Mr. Mac- Kinley. San Antón mi amo, qué es santo pacientísimo, me dice á cada instante: Mira tú, el de abajo, sufre con pía resignación los insultos de los hombres pero yo, á pesar de las palabras del Santo, estoy reventando de rabia, y si cogiese por mi cuenta á esos calumniadores viles que me confunden con- un yanqui, les hacía morcillas. -Dirían los maliciosos que se. había usted suicidado. ¿Es que no se puede hacer morcillas también con los hombres? -I Pero qué empeño tienen ustedes en tomar el des- quite! Lo mismo dicen Miles, Lee y otros: En cuanto desembarquemos en Cuba, vamos á hacer morcillas con los españoles. Se conoce que toda la raza medita idénticos planes. ¡Ea, señor periodista, se acabó nuestra conversación! Usted sigue llamándome yanqui, y eso ya se lo advertí: no lo tolero. Déjeme, pues, que coma en santa paz estas bellotas. ¡Qué buena traza tienen! ¿Usted gusta? -Una para probar. Son riquísimas! -Es usted repórter político, ¿no es cierto? -Sí, señor. ¿En qué lo ha conocido usted? -En la mucha política que gasta conmigo, alabándor me hasta las bellotas. ¿Hace usted lo mismo con los hombres públicos? quiero decir, ¿alaba usted del mismo modo todos los frutos que dan á la patria? -Sí, mi querido conferenciante; no hay otra manera de procurarse sus simpatías. La adulación, la vil adulación es la, llave del corazón humano, j Cuidado que está usted gordo! ¿Pesa- usted más ó menos que Taylor? -Le llevo dos arrobas de peso y doce de vergüenza. Y a me parecía á mí que le llevaba usted ventaja en todo. ¡Y qué rabo. tan gracioso tiene usted! ¿Se lo riza con tenacillas, ó es rizado naturalmente? -Es rizado de nacimiento. Mac- Kinley gasta hierro. ¡Pero si tiene toda la cara afeitada! -Bueno, se pone el hierro en el apéndice. ¡Otro crucero protegido! -No se asuste usted; sólo por ese lado, y nial. ¿Y usted qué opina del conflicto en que nos hallamos? ¿Cree usted que venceremos los españoles ó que vencerán los yanquis? Hábleme usted con el hígado en lamano. limpio. -No, señor; yo solicito su opinión en puerco. ¿Pero no ve usted que de ese modo tiene que ser favorable á los yanquis? Permita usted que un puerco hable en lirQpio, ya que hay muchos limpios que hablan en puerco. La guerra, amigo mío, y ahí va mi opinión, tiene siempre sus más, y sus menos. Tales ejércitos ó tales escuadras se juzgan victoriosas por haber sorprendido al enemigo casi inerme, y mientras vociferan y discuten el reparto del botíii le va creciendo á esta palabra la primera de sus cinco letras. Siguen los vencedores daca que toma disputando acerca del destino que asignarán al territorio que ya conceptúan como botín de su triunfo, y la e crece y crece hasta convertirse en mayúscula. En suma, y para abreviar, cuando más enfrascados se hallan los supradichos en el reparto del botín, se encuentran de pronto en el mostrador, de Botín y con una hojita de lechuga én la boca. ¿No ha visto usted de esa nianera á muchos triunfadores? -Sí que los he visto, pero hace ya tiempo. Ahora no hay en el niostrador de- Botín ninguno de los que usted dice. -Están todos en Cavite. ¡Ah, ya! ¿Y que hacen allí? -Hozan. -No entiendo. -Quiero decir, que están en el Ocio. -Vamos, había usted constituido mal la palabreja. Pero si no, me equivoco, le está á usted llamando el Santo. -Sí que me llama, efectivamente. -Vaya usted á yer qué quiere. C o n perdón. i Qué bien educado está e? te cerdo I. Se perdonea á sí mismo. ¡Hola! Pronto ha dado usted la vuelta: ¿Qué quería el Santo? -Nada; que hace dos S tres días le duele furiosamente una muela. Vaya, ¡yame está llamando. otra vez! -Ande usted dé prisa, que parece que la tiene el siervo de Dios. (Caramba, pronto le vuelve usted á abandonar! -Y que vengo muy incomodado. Mira, rrie ha dicho; yo no puedo resistir más este dolor. Bajaré la cabeza y tú me pegas con- la pata en ésta mejilla á ver si. salta la múela ¿Y usted qué- le ha respondido? -San Antón, mi señor y dueño, le he replicado; ¿tan mal rhe quiere usted- ahora qué me toma por dentista? Yo soy un cerdo, pero no un yanqui. ¡Llame usted á Mac- Kinley! GiNÉs DB PASAMONTE