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é impresiona profundamente si, como ocurre en un barco de guerra, no rodean al sacerdote la plácida campiña ó los atributos religiosos del templo, sino las vigas, corazas, herrajes y cureñas, signos todos de guerra, presididos por u n solo símbolo de paz: el ara santa. Colocada ésta en el entrepuente, la dotación con armas forma frente al altar m a n d a d a por sus d e s u n zaguanete da guardia de) r, y el capellán de á bordo celebra la misa. E n el momento de alzar, los soldados presentan armas y doblan la rodilla; aquel momento supremo en que los sones de la Marcha Real contribuyen á la majestad del acto, causa impresión imborrable. Terminada la ceremonia, son leídos ante la dotación a l g u n o s artículos del Código de la Marina de guerra, y un viva el Bey! lanzado por el comandante y contestado por la tropa pone término á esta pequeña y tranquila fase de la vida á? bordo. v Porque en seguida las cor 5 V jK netas tocan á zafarrancho de combate, y cada cual c o r r e a ocupar su puesto. Durante unos momentos la cubierta y todas las dependencias del buque simulan u n hormiguero inmenso; oficiales y soldados, fogoneros y artilleros de mar acuden al sitio preciso que les está señalado por organización; el comandante á la torre de combate, los oficiales al puente ó á las baterías, los fogoneros al sollado, los artilleros de mar junto á las piezas, y los marineros y soldados á ejecutar los servicios auxiliares, durante los cuales llevan el maüser á la espalda, cruzado el pecho por el porta- fusil, con objeto de dejar libres las manos para el servicio de carretillas y municiones. FJ mismo engranaje admirable que hace mover sin dificultad los cañones de, mayor calibre, obsérvase en la organización de los servicios para el trabajo de todo el personal en u n momento dado. El comandante desde la torre de combate da la orden general; según sea ésta, los oficiales de batería gradúan las alzas, marcan la rapidez del fuego é indican el objetivo de los disparos. Cumpliendo estas órdenes, el artillero d e mar, ayudado por los soldados sirvientes de las piezas, proceden á la puntería de dirección ó de altura. Funcionan los ascensores mecánicos subiendo las municiones desde el pañol á la cubierta, y u n a vez allí, los soldados conductores las cargan en las carretillas de mano, conduciéndolas junto al cañón que están encargados de municionar. -fe Entretanto, el trabajo del artillero es dificilísimo y constante, porque el movimiento del buque, la marcha de éste, el cambio sucesivo de posición durante el combate respecto al blanco elegido, mucho más si éste es también movible, como ocurre en el combate entre dos escuadras, exige una continua rectificación en la puntería de altura y en la de dirección. Dicha maniobra es rapidísima en las ametralladoras, cañones de cofa y otras piezas dé poco calibre; mas en la artillería gruesa exige más tiempo y mayor personal. Un volante colocado en la parte posterior del montaje hace girar el piñón que engrana en las cremalleras, ya horizontales para la dirección, ya verticales p a r a la altura. Uno de los soldados sirvientes tiene la misión de manejar este volante, siguiendo las indicaciones del jefe de pieza. Abandonemos la cubierta y echemos una ojeada sobre la pámara de torpedos, mansión terrible de donde salen esos proyectiles complicados contra los cuales no hay defensa posible. Contra la bala de cañón está la coraza del buque contrario; pero contra el torpedo no sirve m á s que la red protectora, y ésta es de imposible empleo en la mayor parte de los casos. L a cámara de torpedos no da idea de su objeto al profano que la visita sin cicerone; más bien parece la sala de u n gabinete hidroterápico. El terrible tubo lanza- torpedos diríase que es