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UN DÍA EN UN CRUCERO No liay tirano más fiero para el hombre, no hay déspota más exigente, ceñudo y amenazador que uno de esos modernos monstruos delmar que hoy pasean sus cañones y sus torres blindadas por el mar Caribe ó concluyen de hacerse la toilette guerrera en la costa yanqui ó en los arsenales de España. La mano del hombre le domina, pero el monstruo es de tan fiero natural, que siendo esclavo parece el señor, mientras que el hombre, verdadero señor, resulta esclavo por el duro trabajo y penosas vigilias que aquél exige. Tal es la impresión que el profano saca de la visita á un barco de guerra, con sus complicados mecanismos y sus máquinas guerreras, con sus temibles depósitos de sustancias explosivas y de proyectiles modernísimos, sus hornillos insaciables de carbón para alimentar á las calderas tubulares, sus defensas de acero entre las cuales asoma el cañón su negra- boca, y sus palos escue. tos, rígidos, amenazadores, coronados por la cofa militar, de donde arrojan mortal granizo las piezas ligeras de poco calibre y de tiro rápido. Con frecuencia, sin erábargo, y cuando la visita se hace en día de fiesta, la primera impresión del visitante no puede ser menos belicosa ñi mas conmovedora tampoco, en atención al medio guerrero en que se veriflca. y con el cual forma contraste inolvidable. -Me refiero á la; celebración de la m i s a que si- en toda ocasión hace saltar las lágrimas, cuando la escuchan fuerzas militares, rodilla en tierra y: rendida el arma, ante él Dios de los ejércitos, encoge el corazón.