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SILUETAS YANQUIS EL PRESIDENTE MAC- KINLEY Jabonero sucio, de pocas libras, abierto de armas y despuntado de la izquierda Perdónenme los lectores; m e proponía trazar la silueta (le ese gran hipócrita yanqui, y por no sé qué misteriosa relación de ideas comienzo la reseña de una corrida de toros. Ah, y a l H a c e poco tiempo vi en un periódico norteamericano, de cuyo nombre no quiero ni p u e d o acordarnie, cierta ingeniosísima caricatura en la cual u n toro con. cara de Mac- Kinley (miura seguramerite) cogía y volteaba á un torer) que éramos nosotros los españoles; y puesto que en su país le pintan con cuernos al presidente de la Eepiiblica, no es maravilla que yo, al escribir su biografía, le agarre por los pitones diciendo: ¡Ahí lo tienen ustedes, no embiste! ¡es manso de solemnidad! Traidor eso sí lo es, como Judas; más traidor todavía, porque éste, arrepentido de su infamia, concluyó por ahorcarse, y Mac- Kinley no se ha ahorcado todavía. No quiere esto decir que no se ahorque, y ¡por Cristo! que me alegraii a sobremanera ver en la Casa Blanca algo negro pendiente de u n a cuerda. ¡Kso sería un magnífico grabado para Bl. A. Cn Y JSKGKO! Mientras llega ocasión propicia de publicarlo, hablemos del futuro suicida p (miéndonos las manos en las narices. ÍTació de una cabra y de un reptil cualquiera, propenso á la fuga como su madre, y como su padre dispuesto á arrastrarse por todos los lodos y las basuras de la tierra. Heredó los aditamentos de su madre, y sin duda por eso el periódico norteamericano al que hice referencia anteriormente le pintaba disfrazado de toro. ¡Ese toro no se llevar á á E u r o p a en sus lomos! Ahora, en Norte América pueda ser que crean otra cosa, y de ahí la aludida caricatura. Pues bien; este futuro Presidente jabonero vino al mundo con cara napoleónica. Por mentir en todo, empezó mintiendo en la cara. Aunque i a m b i é n es posible daT una explicación del parecido. Mac- Kinley se asemeja á la cara qué puso Napoleón en Waterlóo mientras Cambronne pronunciaba su célebre frase, que en francés y en español empieza con M. L a energía especial de esta palabra le hizo al gran Napoleón torcer el gesto, y á ese gesto torcido napoleónico se parece Mac- Kinley. Argüirá algún lector que entonces el presidente de la Eepública Norte- Americana tiene m á s de Cambronne que de Bonaparte. Bueno; pues no lo discutamos ni lo regateemos. ¿Que cómo u n s e r tan bajo y tan despreciable llegó á la presidencia de la República Norte- Americana? Arrastrándose. E n aquel admirable país de las estrellas hay dos grandes partidos: el partido de la plata (falsa) y el partido del oro (fui) Como quiera que en realidad no existen de ambos metales tan opulentas cantidades coino dicen, esos dos grandes partidos son también el mentir de las estrellas; ¿pero qué mentira de los astros sorpren. derá en aquella nación de mentirosos? Mac- Kinley aspiró á la presidencia de la República apoyándose en uno de esos dos grandes partidos, el de los oros según creo, y alcanzó al fin tan elevado puesto porque sus partidarios le empujaron como si fuese el as del palo supradicho. No fué todo ventura en sn elección, y Mac- Kinley sufrió más de un fallo; ¿pero qué puede importarle eso á úu yanqui? Posesionado de la Presidencia, comenzó á sentir una lástima inmensa de los pobrecitos cubanos que bandideaban en la manigua. ¡Están desnudos I decía en la Casa Blanca llevándose las manos á los ojos. ¡Completamente desnudos! Hay que vestirlos por luimanidad, haciéndoles tapa rrabos con la bandera estrellada. Y todos los ministros le respondían: Sí, 8 r. Presiden- te; hagámoselos de nuestras estrellas con rabo. Como se ve, la protección de los yanquis á los filibusteros fué al mismo t i e m p o humanitaria, astronómica y rabuda. Empezó por la cola; pero ¡la que traerá todavía! Y mientras Mac- Kinley enviaba armas y socorros á los filibusteros por todos los cayos, y sobre todo por su tocayo Cayo Bruto, nos vendía á nosotros los españoles u n a am. Í 8 tad de treinta dineros, que fué el precio que tomó J u d a s por entregar á su Divino Maestro. Nuestro embajador en Washington Dupuy de Lome le sorprendió el juego, retratando á Mac- Kinley de mano maestra en u n a carta dirigida á Canalejas, U n solo detalle faltaba al retrato de- tal personaje yanqui: el robo, ¡y la carta fué robada! Mac- Kinley resultó hablando. ¡Y este traidor, este falsario, este Presidente, toro en caricatura. Napoleón de pega, M mayúscula en todas partes, ha declarado la guerra á España! B a h! Séanos propicia ó adversa la fortuna, sepa ese señor afeitado de la Casa Blanca que todos los españoles le mandamos con el desprecio m á s grande... ¡al gabinete amarillo I GiKÍs DB PASAMONTE