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Pésimo, Se acoBaráa, y silenciosamente disuelve el azüear en el agiaia, esperando méjór ocasión para la revancha, que no tarda en presentarse con la llegada dé otro de la tertulia que viene de la calle con un infundio de los gordos. ¡Seilores! ¡señores! Mac- Kinley ha dado á luz (asombro general) ha dado á luz un mensaje en las Cámaras, en el que dice! que la Habana se rendirá en veinticuatro horas, ó cinco cuartos de hora, según ehdla que haga. Y que en el Morro pondrá Sampson en persona el asta con una bandera, ó -pondrá media asta, si no se inutiliza en el encierro que le preparan. ¿Lo ven ustedes? dice D. Pésimo; ¡si está más claro que la luz! ¿Ven ustedes como yotenía razón al coger el lápiz y cambiar el derrotero que seguía el señor? Protestas, gritos, confusión; el camarero, que estaba colocado fuera del bloqueo, tiene que intervenir y recoger tres copas rotas; y poner las demás fuera del alcance de las baterías. D. Pésimo jiitenta restablecer la calma diciendo que es más español qué ninguno; pero nadie toma en cuenta su sinceridad, y llueven sobre él toda clase de injurias. Con este motivo salen á relucir otras cosas menos patrióticas, puramente del interior, como Más valiera que me pagase usted los cafés que me debe La culp. i es nuestra, por admitirle á usted en nue. tra teitulia Vayase usted con las amazonas y otras lindezas por el mismo estilo. La exaltación crece; al pianista, que observa el jaleo, se le ocurre tocar la Marcha de Cádiz, y D. Pésimo y el de las malas noticias tienen que irae del café con un andar de veinticuatro mulos, sin contar con el qu e llevan en la garganta, del susto. -Sijra usted, siga usted, le dicen al del plano, que vuelve á trazar nuevas líneas y á rectilicar el derrotero de don Pésimo. Y el hombre sigue: -Bueno; ya tenemos la escuadra en la Habana. Podemos dar el gran golpe. Siguiendo esta línea de puntos, llegamos á Nueva York, dejamos á un lado los cayos, y remontándonos sobre los- bajos, Icanzamos esta latitud. Ya una vez con los fuegos apagados porque ya han comido todos á bordo, el golpe es seguro: entramos en Nueva York á las doce y pico de la noche. A las doce se acuestan los norteamericanos; lo sé de buena tinta por un dentista amigo mío que aliora se ha tenido que borrar el norte. A las doce se acuestan; de modo que les sorprendemos al meterse en la cama. Y torpedos van y torpedos vienen, y granada por aquí y por allá, ya tenemos á Nueva York en el bolsillo. -Pero bueno, pregunta uno; ¿y los fuertes? -i Qué fuertes ni qué ocho cuartos! contesta D. Óptimo; ¡mire usted que hablar de fuertes hablando de norteamericanos! -Pues mire usted, mucho me alegrai- ía de que entráramos en Nueva York, sobre todo para coger á esas amazonas y mandarlas á donde yo me sé. -Ya han estado, contesta otro. La salida de los teatros aporta nuevos elementos á la. tertulia; los trasnocha dores vienen á engrosar la reunión; la gente, nO satisfecha con las informaciones de los periódicos, busca con ansiedad natural noticias, algo nuevo, el i dtimo suceso favorable. Lo principal, lo indispensable, es traer á la reunión noticias fresquitas. ¡Desgraciado del que entra con las manos en el bolsillo! Llueven sobi e él chaparrones de preguntas: ¿Qué hay? ¿Qué se sabe del comodoro? Otro de la. tertulia es el encargado de los Extraordinarios. En cuanto desde el café se oye el vocear de los vendedores, se para la conversación; todos afinan la oreja, y D. Óptimo dice: ¡Callen ustedes, á ver qué dicen! Sale el de los Extraordinarios, y entra al poco rato con un infundio más. Renace la agitación, y en tanto el camarero piensa en los cafés que por exceso de la discusión ha dejado de cobrar. DIBUJOS DE X A Ü D A R Ó LUIS G A B A L D Ó N