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LA GUERRA EN EL CAFÉ Don Óptimo y D. Pésimo son dos personajes mny conocidos en todos los cafés; el uno es la encarnación del color de rosa, ilusiones y acariciadoras esperanzas; el otro, todo negro, cada palabra suya es un toque funerario, y no hay conversación que no malogre con un ¡desengáñense ustedes! que pone los pelos de punta. Todas las alternativas, mudanzas y contrastes de la guerra tienen en uno y otro personaje su mejor representación. D. Óptimo señala en cada movimiento u n éxito; D. Pésimo ve en cada maniobra un desacierto que justiíica su teoría. Como á los españoles nos gusta hablar tanto como el vivir, por eso no hay café que no sea en este tiempo una sucursal del Parlamento: cada mesa es una minoría, cada tertulia una fracción de color político distinto. Si no hay caramelos, hay azúcar y gotas; y si no hay escaños, divanes y sillas de rejilla. Todos en el café están en el secreto. Ko hay indi iduo que llegue de la calle y se siente en su tertulia, que no traiga las mejores noticias, fresquitas, recibidas por un cable especial que tiene en su casa, ó arrancadas al secreto de algún elevado personaje que p a r a él no tiene ocultaciones de ninguna clase. La noticia que llega por este conducto se pone en seguida á discusión. Si es satisfactoria, D. Óptimo la dispensa su protección, la acoge con todos los honores y mira con aire de triunfo á D. Pésimo, que, conio es natural, no da su brazo á torcer y se dispone á la discusión, para lo cual coloca delante de su puesto todas las botellas y terrones de azúcar que encuentra, para demostrarle prácticamente á su contrincante que no tiene razón. Caila botella es un cru; cero y cada terrón un destróyer. Con tan hábil sustitución, D. Pésimo se lanza á la lucha. Hay quien refuerza la discusión trazando sobre el máimol un plano, p a r a mayor seguridad, y dibuja unos barcos que parecen ocarinas. Con pasmosa seguridad va trazando líneas y lineas, que se suponen sean los derroteros seguidos por las escuadras. Sus conrpañeros, al ver la seriedad y la firmeza con que va trazando puntos y puntos sobre el plano, le miran en silencio, y no falta quien dé con el codo al vecino como para darle á entender: ¡Lo que sabe este t í o h Alguno levanta la cabeza y tímidamente pregunta: Y usted ¿cómo sabe tanto de eso? -Pues m u y sencillo, contesta el interrogado. Yo todos los años voy á u n puerto de mar, y además n o hay t a r d e que no me embarqiie en el estanque del Retiro; así que en esto de los barcos me han salido los dientes. Además, mi tío es el conserje del ministerio de Marina. -Ya, ya, dicen íos otrosj m u y complacidos de la competencia del de los planos. Y y a no hay quien ponga en la más pequeña tela de juicio lo que diga, á excepción de D. Pésimo, que se permite tomar el lápiz y variar u n derrotero de la escuadra, porque él también está fuerte en eso. La actitud de D. Pésimo produce grandes protestas; hay aquello de ¿A usted quién le da vela en este entierro? Siempre viene usted con el jarro de agua! y alguno, m á s provocativo, le tira u n terrón á la cabeza. Ante la enormidad del número, don