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con pizarras ó sin ellas, la gente no: se resigna á vivir únicamente del comentario desde que han sido leídos, los diarios de la mañana liasta que empiezan á salir los de la noche. Por eso todas las tardes sale grazr nando por ahí un canard ú otro; ya viene del Salón de Conferencias, ya deFornos, ya del Ateneo, ya de la Cervecería, da la vuelta á todo Ma- drid, y cuando vuelve al punto de partida está ya tan desfigurado y crecido, que el propio inventor del infundio cae en las redes de. sii engaño. Jlilagro será que la autoridad no proceda contra estas bolas dé nieve? mandando, verbigracia, que se cierren las horchaterías. Llega el crepúsculo; se agota en pocos rhinütos El Nacional luego El Correo, m a tarde La encía; el monstruo devorador de pape! toda ía queda con apetito y aguarda la salida del HeraMo; Y. hay. que ver entre ñueve y nueve. y media dé la noche la tromba infantil que á todo correr de las. piernas y á todo gritar de los pulmones desemboca por la calle del Príncipe en la de Sevilla, sé desparrama velozmente, llega en pocos miaiutos á los más apartados andurriales de los bandos, extreinos gritando- ¡El Heraldo! ¡FA Heraldo de ahoralí, y deja al pie de cada farola, una pifla. de lectores que recorren nerviosamente la letra impresa. con los brazos extendidos y la. cara metida en el papel. Yendo por lacálle, ño hay m añera, de reGonocer á nadie en Tornos, en eíSuizo en las cei- vecerías de la Carrera. Todo el mundo tiene la cara tapada por ún número de La Correspondencia 6 del Heraldo; los mOzos escuchan en silencio; el café se enfría en las tazas; el fosforero. de la cancela, con las manos vacías, encarga al callejero dos veinticiiicos más para el día siguiente. Y yano. se leen los folletines ni sé descifran las charadas, e í público olvida temporalmente las firmas de sus escritores favoritos, y sólo los telegramas le interesan. Digo los telegramas solamente, porqué en lo que hace á la infórmacióii local, el wwfi mH buen madrileño gdsta de enterarse directamente acudiendo al verdadero manantial. En estos días, todo bu n madrileño lleva un repórter dentro de sí. Los ministerios, las redacciones, los círculos políticos rebosan caras nuevas; los corresponsales de provincias son abordados. al entrar y salir de Teléfonos ó de Telégrafos. Manila se defiende, la Habana se prepara, Canarias recuenta sus caño- nes, las provincias de la Península se quejan de hambre: j ladrid calla y lee. Los panaderos, aprovechando nuestra distracción, achican los panecillos en 10 gramos cada día; nadie se entera. Todos comemos sin saber qué ni cuánto, con el periódico apoyado en la botella, delante del plato, como si manejásemos el tenedor con solfa. Y el actual Mayo dé Madrid no se parece á los Mayos anteriores: nadie Córtalas lilas del Retiro; la ñora de Mayo es una flora de trapo que ha cambiado las corolas perfumadas por los lazos patrióticos; los, estudiantes no trasnochan porque han adelantado el mes de Junio, los sastres- no han empe- zádo á cortar todavía los primeros trajes de verano, y hemos pasado las fiestas de San Isidro con las mismas rosquillas del año anterior. Los vendedores de 1. a Pradera han derrochado en balde su ingenio y su odio íi los yanquis en monigotes y botijos de circunstancias Ti como el Gobierno actual. y I LUIS ROYO VILLANOVA PlBWOS DK BLANCO COftIS, MUÑOZ LUCEKA y FOTOOEAl ílS DE IKIGOYEN