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guerra y gastadores de Infantería dan guardia de honor á la urna funeraria que guarda las cenizas de los héroes. Sobre ella la Patria ó la Inmortalidad, la representación simbólica de la nación ó del espíritu de la raza, eleva la bandera nacional, sujetándola con ambas manos para que nadie ponga en duda lo firme del intento ni lo tenaz de la resistencia. El santo amor á la patria que movió el pincel del maestro fué aquella tarde el propulsor de todas las actividades, cada cual en su esfera. Él guió las plumas de nuestros escritores, él removió el dinero del capital y del ahorro, él allanó dificultades, él logró juntar en pocos días elementos cuya reunión es un milagro, y él, A LA PLAZA por último, hizo salir á la mujer madrileña del obscuro y tranquilo fondo de su hogar para lucir la belleza de su rostro, acrecentada por los claveles rojos y amarillos y por la mantilla blanca ó de madroños. Y una vez en la plaza, jamás ha sonado tan alegre, tan atrayente y conmovedora la Marcha de Cádiz, resonando en los api -íff ñados tendidos como en inmensa caja soM tW V nora. A sus acordes avanzaba el cortejo, Wí formando numerosísima cabalgata: un grueso pelotón de piqueros que recordaba en aquellos momentos el núcleo famoso de los piqueros de Bailen; la flor y nata de nuestra torería, montera en mano y capote al brazo, como quitándole á Sampson toda la sal del golfo de Méjico; alguaciles, Ñ caballeros en plaza y guardia amarilla luciendo arreos y uniformes que evocan las glorias mihtares de España. H mf í Y después la corrida con todas sus peripecias, sus emociones y sus aplausos; los colores nacionales brillando sobre todo y en todas partes: en la sangre derramada sobreda arena y en los golpes de oro de las taleguillas, en las banderas y gallardetes que flameaban sobre los palcos, en los abanicos baratos vendidos á la puerta de la plaza, en los lazos y flores de los prendidos femeniles, y en las sombrillas patrióticas que debutaron aquella tarde, con inscripciones guerreras sobre los segmentos rojos y amarillos. La prensa reprodujo al día siguiente los brindis de los matadores del cartel. En pintoresco y expresivo lenguaje, con la concisión acostumbrada y el entusiasmo que flotaba en el ambiente, los brevísimos brindis fueron modelos de oratoria. Comparando las frases sencillas de los toreros con los discursos latos y grandilocuentes que hemos padecido en el Congreso, quedaban muy mal parados nuestros oradores parlamentarios, porque la verdad es que frente al peligro todos debían hablar como habla el matador antes de irse al toro. L. B. LAS CUADRILLAS Fotografiajs Irlgoyen CBLASTICBA DE SBADA