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Y ahora, todavía fresca la impresión de la despedida de la tropa, adelantaba por el Prado bramando de coraje, con los ojos húmedos por las lágrimas, m u r m u r a n d o con tristeza: -1 Quién se hubiera podido marchar con ellos 1 II No supo él cómo, pero se encontró en aquel salón del Banco donde se entregaban las cantidades para la suscripción nacional. Al pasar por las grandes puertas de la calle de Alcalá, u n súbito arranque le metió en el portalón, echó al azar por u n a escalera, y al primer portero que encontró al paso le preguntó con la timidez del que se halla en un sitio que pisa por vez primera: ¿Es aquí donde se da ese dinero para la guerra? I b a hablando solo, sin fijarse en los peldaños. No contaba más que con lo justo para comer, con lo que ganaba con la llana; pero ¡qué demonio! eran los dos solos, su madre y él. Ya se las arreglarían. Estarían dos días á patatas, ó suprimirían uno la poca carne de contratapa con la que ponían el cocidito. ¡Y aunque pasara h a m b r e! Ko se retiraba á su casa sin haber hecho algo. Y hundido en su monólogo, apretando instintivamente sus doce pesetas por bajo de la blusa, como si temiera que se las robaran, hallóse entre las gentes que iban y venían á depositar cantidades en las taquillas destinadas á la suscripción nacional. L a mayoría de los postoros era do la clase media rica ó de la aristocracia, señorío de levita larga y flamante sombrero de copa. Menudeabari en las bocas, ornadas con el elegante bigote de sortijilla, puros con faja. Muchos de los imponentes se conocían, saludábanse en alta voz, hablaban de consolidados y de renta perpetua. Al pagar enseñaban carteras con billetes de Banco. La nota dominante era de entusiasmo, de abnegación. El albañil sorteó la gente, y con aire tímido se fué acercando á la taquilla. Tres ó cuatro caballeros entregaban á la sazón sus cantidades. Tuvo que esperar y empezó á observar entonces algunas pupilas de extrañeza. Su humilde traje blanco de faena desarmonizaha en el grupo de ¡evitas. Pero no cayeron sobre él miradas desdeñosas, no, sino de simpatías, de cariño. E r a el pueblo, que respondía al llamamiento de la nación. -D. J u a n Fernández, quinientas pesetas, dijo uno de los caballeros que aguardaban, sacando cinco billetes del bolsillo. -D. Luis López, quinientas también, exclamó otro cuando el empleado formalizó la entrega del primero. -El marqués de la Peña, seis mil. H u b o un estremecimiento en los más próximos á la ventanilla, estremecimiento que se convirtió en u n grito de asombro cuando u n señor grueso, con monóculo y alfiler de brillantes en la corbata, se adelantó exclamando: -El duque de Urbión, doscientas cincuenta mil. Todos los ojos se clavaron en el optilento, que con la sencillez del que está acostumbrado á manejar el dinero dejó su millón, un paquctito de billetes, y satisfecho del deber cumplido se retiró. El albañil habíase acercado á la ventanilla por fin. Y de pronto se oyó una voz trémula que decía con esa locuacidad artesana espontánea, que no sabe entrar en u n a oficina shi desembucharles en los oídos á los empleados una porción de cosas que ni les importan ni vienen al caso: ¿Pa qué hace falta poner mi nombre? Escriba usted: Un albafiil, dos pesetas. La cuestión es dar el dinero. ¡Y después de lo que h a soltao ese señorón, la órdiga! Yo apenas me Hamo Pedro. E n fin, el que hace lo que puede no está obligao á más, y yo pa dejar esto, que es u n día de jornal, se lo quito á mi vieja. ¡Conque a h u r! Aquella ingenua confesión hizo olvidar súbitamente el millón ingresado, y las miradas de todos los imponentes fueron á detenerse en el pobre albañil. Su blancura adquirió de pronto una inmaculada grandeza. Por un impulso espontáneo las frentes se inclinaron, y el púbUco abrió paso con respeto al obrero humilde, que ajeno á la majestad que irradiaba de su persona, se retiraba avergonzado después de depositar en la taquilla de la suscripción y en holocausto á la patria las dos honradas pesetas de su comida de un día! DIBUJOS BE HUERTAS ALFOXSO P É R E Z NIEVA