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íw Jí 01 wt. wyi W CUENTOS- Dlí LA GUERRA POR LA PATRIA I Aquella vibrante marcha de Cádiz i i M regimiento que se marchaba á la g v r i -i; truendo de las dieciocho cajas de sii r i medio de la multitud delirante, que 1 J. U J, I. LJ. C J en u n coro inmenso, ondeando mil banderas nacionales, enarbolandp gorras, sombreros y boinas en la p u n t a de los bastones; aquellas líneas; -fle los pantalones grana de los soldados, jnateriahnonte ahogadas por la masa enorme Ae la gentQ que acudía á despedirlos, y que no sabía qué hacer conellos en su borracl- iera de entusiasmo; toda aquella hermosa locura de la nmchedumbre con un solo corazón latiem o por la patria, so le metió en cA ahna al muchacho, y. si entonces se hubiera abierto en l a misma estación banderín de engancho, es segm- o. que- sin más dilaciones, tal como estaba, con la blusa del trabajo y la tarterilla do la comida colgada de la muñeca, so larga en el tren militar. Ávido de derramar su sangre por el honor nacional, como iban a hacerlo l o s i u i l hombres que el férreo convoy se llevaba á la costa, entre el áltimo alarido del pueblo y las primeras sombras del crepiisculo de la tarde. Cuando el tren arrancó, despacioso y solemne, con sus ventanillas tapadas; por pinas de cabezas cojr roses, rojico de gritar ¡viva España! y ¡viva el líjército! medio looo en la atmósfera do horno del andén, en el que so agolpaban tres mil personas, no s e a c o r d ó de nada, no se acordó de su madre, paralítica, prosa en la desmantelada guardilla, sin otro amparo que el suyo ni otro sostén que su jornal. ¡Ah, si no hubiera sido por ella! La idea, el deseo- imperioso de sentar plaza, de ton- iar el fusü, de ser uno de tantos en la defensa de la. patria, ya. había- pasado por su mente varias veces, -siempre que á hi hora de descanso, entre el trabajo de la mañana y el de la tardo, leía al, pie de Ja obra en los periódicos los insultos de los yanquis, en su. cam. paña cobarde de comadres vocingleras. Y sintiendo hervir en su sangre turbulenta do hijo del pueblo, llena de geivérosidad, la indignación contra tanta injusticia, experimentó el anhelo invencible de irse á pelear. No le bastaba que fueran los demás, no; quería hundir por sí mismo el cuchillo del maüsser en el pocho enemigo, verle abierto por propia mano, ver correr á, los yanquis, si se atrevían á desembarcar en la isla, delante- de nuestros cazadores, qutíos la tropa de más agallas que se pasca por el mundo. Los compañeros le calmaban, le llamaban á la razón: su madre no tenía á nadie sino á él.