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es más augusta la misión del marino, brillan con más fuerza á los rayos del sol los dorados botones del ancla, y todos á u n a voz, sujetos á u n a orden, ven en la figura del comandante, destacada sobre las aceradas planchas del puente, la más gallarda representación del poder y del dCr recfao. Quedan al soldado, al marino, en los ratos que la Ordenanza le deja libre, sus expansiones; allá, cuando á la caída de la tarde el sol se h u n d e en las aguas y las tifie de u n amarillo sucio, el cabo de m a r charla con los suyos, que le oyen con respetó y con veneración; cuenta con pintoresca narración hechos de su ida, relación amenísima de sus viajes, en los que no faltan amoríos al tocar en tierra, aventurillas sazonadas con su sal y piihienta. iJ t m -tif t- E n otro corro se da suelta á otras aficiones. Siempre hay una mano hábil que abo p u n t e a r airosamente u n a guitarra, y no falta garganta qu í eche al aire can clones de la tierra, que son coreadas por originalí. imo. estribillo. Compensación m u y ju ta esta hora de luz y alegría para el marinero, que desde que raya el alba comienza la dura faena, empezando por el baldeo del barco operaidecubienV r r brazos, remangadas, las piernas, fregando briosamente eí entarimado d e cubierta, y aseo de la nave, pues en este punto guarda más coqueterías que una dama l i g u e n después otras operaciones: limpieza de las armas, instrucción, aprendizaje de cañón, todo cuánto tiende á hacer del marino recién alistado u n perfecto hombre de mar, y á curtir más en el servicio al m l r i n o que ya está f a m í h a n z a d o con el manejo de las armas. Jiu que a csia rami s u í L n o t l n Í r T r T pintorescas; los soldados, con su plato bajo el brazo, esperan su turno. El cazo del ranchero les da su parte, y con ella y su pan se alejan, y cada uno, para saborearlo más á su gusto, escoge el sitio que le es más simpático, de la misma manera que el que va al r e s t k r a n t tiene siempre prefe rencia por alguna. mesa. E n la hora de asueto se hace minuciosa revista de vestuario; el marinero repasa suVopa y se la cose y s. e, la zurce cuidadosamente c o m o l a más diestra costurera. Parece extraño que en u n espacio limitado como es el de u n buque, el cuerpo no se fatigue del prolongado e n c i e rro, ni que el espíritu no se aflija ante la con- templación d i a r i a de u n a eterna línea azul; esta consideración es muy lógica en gente de tierra; pero el marino aprecia y estima su bar- 1 i t co como parte de su vida, algo suyo que le. ata y le une. De ahí la tristeza infinita al abandonar el capitán un buque que se hunde; ante la muerte de aquel casco, que tan atrevido cruzó las aguas, h e visto llorar á muchos hombres; y es que con aquellos) s desaparecían las ilusiones y la juventud, da toda. DIBOTOS DB ALVARBZ SALA LUIS G A B A L D Ó K