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M A Su p; LO DEL CALLAO RECUERDOS DE UN CABO DE CAKÓN I Nosotros, los de la fragata Blanca, teníamos dos ídolos dentro del l) vique, de aquel barco querido, el más audaz, el más ligero, el más inquieto, despierto y decidido de cuantos mandaba en jefe Méndeü Núñez. El primero de esos ídolos era la bandera, que agujereada por los balazos chilenos y peruanos, flameaba siempre sobre nosotros con movimientos y colores de llama: rojo y amarillo. El otro ídolo de los marineros de la Blanca era Topete, nuestro bravo capitán, inquieto, nervioso, segunda hélice y alma verdadera de la fragata, á la cual comunicaba su acometividad y su valor. Con su ejemplo nos guió á todos, y ante su ejemplo no había manera de volver la cara ni al enemigo ni al trabajo, que era penosísinro é incesante. Vivíamos en continuo zafarrancho, dornn amos armados al pie de los cañones, y cuando la casualidad nos proporcionaba algún regalo conro aquel millar de botellas de riquísimo aceite que nos trajo equivocadanTCntc un vapor mercante en vez de aceite de borras para la máquina. Topete cogía las botellas, las vaciaba en un algibe, envenenaba el aceite para que sólo la máquina disfrutara de él, y nosotros seguíamos comiendo legmnbres en agua- sola y alguno que otro pescado azul, basto y endemoniado. 11 En esta situación, cada vez más olvidadas nuestras personas por la suerte mudable, pero cada vez más unidos por la disciplina y el amor á los jefes, vino el bombardeo de Valparaíso, castigo impuesto á los peruanos en el lugar flaco donde ese castigo pudiera ser más verdadero y eficaz. Pero dijo entonces el enemigo que eso no valía, y aun llegó á motejarnos de cobardes, y entonces D. Casto Méndez Núñez en las soledades de su cámara de la Nimiancia, mientras Antequera vigilaba sobre el puente el servicio de centinelas, debió de pensar lo siguiente: -Conque cobardes, ¿eb? Pues yo os juro que ha de demostrarse en tan alto grado el valor de la Marina española que nunca jamás jnreda dudarse de él mientras haya historia. ÍSi pensáis que quien busca las posaderas para el castigo es sólo por temor á los dientes, yo os demostraré lo contrario y os bombardearé en el Callao de Lima después de haberos bon: ibardeado en Valparaíso. Yo, con estos barcos de madera, con estos marinos enfermos, con estos pañoles vacíos, iré á venceros delante de esas fortificaciones estupendas donde el genio de la Artillería acaba de emplazar sus últimos inventos. Mis flotantes baterías, que tiemblan sobre el mar como tiembla la mano del