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RINCONES DE MADRID EL PUENTE DE TOLEDO Su grandiosa fábrica, como ¡a de la puente segoviana, hace más visible la ruindad del pobre Manzanares, eterno blanco de bromas y cuchufletas desde Quevedo para acá. Sin embargo, algo tendrá el agua cuando la bendicen, y algo tendrá el lío cuando los madrileños nuestros abuelos juzgaron necesaria la construcción de dos moles tan enormes como los dos puentes famosísimos que cruzan sobre el Manzanares; y ese algo es, sin duda alguna, la frecuencia con que al río se le hinchan las narices, sembrando el pánico entre las lavanderas y arrastrando bancas y tenderetes cauce abajo. En efecto; consta que el antiguo puente de Toledo, de remota y sencilla construcción, fué inutilizado en varias ocasiones por las crecientes del río, y eso fué lo que sucedió en 1720 con el puente que había sido construido en el liltimo tercio del siglo XVII. Para reemplazarle ee construyó el actual á prueba de avenidas, quedando terminado eii 1732. Compónese de excelentes arcos de medio punto labrados, inclusas las vueltas, con sillares de granito; cada arco tiene 40 pies de luz y 45 de elevación; las cepas forman cubos, que sirven de refugio al caminante, sobre el pavimento del puente. Su anchura es de 30 pies; por cada lado del arco central se levanta un cuerpo de arquitectura ejecutado con granito, del más deplorab! e gusto churrigueresco; en medio de una ridicula confusión de figuras, se ven á un lado las armas de España y al otro lado las de Madrid. El puente de Toledo, camino inevitable para la pradera, hay que verlo en los días de San Isidro, cruzado por ómnibus y mañuelas, resonante con el vocerío de la chulapería alegre y de los isidros de escalera abajo. En tiempo ordinario, el tranvía de los Oarabancheles es la única representación del progreso sobre la fábrica churrigueresca del puente; del lado de acá, seis reyes de piedra, prófugos atrevidos de la colección de la plaza de Oriente, se alzan en semicírculo, como reflexionando antes de pasar el Rubicón madrileño; del lado de allá, los pinchos y las casetas del resguardo traen á la memoria aquellos conocidos versos de Ricardo de la Vega: -W- Pasan por el puente muchos matuteros Poco á poco Madrid se va alejando del río, como se alejan sin excepción en sus grandes ensanches de los ríos respectivos todas las ciudades fundadas á orillas de corrientes fluviales. El Manzanares va siendo el río de provincias más próximo á Madrid mas por mucho que de él nos alejemos, siempre el Manzanares será el dueño de nuestros secretos, puesto que á él enviamos toda nuestra ropa sucia. Ingratos con él, le convertimos en cloaca, mientras que todos los rangos y honores son para el Lozoya, el río forastero, que á hurtadillas se ha hecho dueño de la corte. El Manzanares ha muerto, viva el Lozoya I podemos decir, parodiando el grito de los antiguos heraldos. Y esas dos grandes moles que cruzan sobre el difunto, los puentes de Toledo y de Segovia, parecen hoy, por su proximidad á los cementerios, monumentos funerarios levantados sobre el río que fué. 5 E f JiS Jfe V í- s JSSf xT rr r -r l JÍB í jff DIBUJOS DE LHARDT