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los mares y héchole ondear á cañonazos, la qué Contaba en su cuaderno de bitácora con páginas coiñó el bombardeo de Larache durante la campaña del 60 en África y el de Lima en el memorable combate del Callao, enajenarse así, como una cómoda vieja, como un pingo, sin consideración á su gloriosa historial Pasaron los meses; no se presentaba comprador alguno. La humillación del buque considerábala el pobre maestro de ribera como propia, y sentía ganas invencibles de enarbolar el martillo y pegar á todo el que defendiera los acorazados, en aquel episodio de la venta inocentes. Una idea le consoló. No surgiendo postor que adquiriese el desarbolado casco, lo dejarían tranquilo en el arsenal y ól podría seguir contemplándolo á sus anchas. Pero un día, cuando menos lo esperaba, le llamó á su despacho el ingeniero jefe y le dijo de buenas á primeras: -Maestro, acabo de recibir la orden de que se proceda á desguazar el navio. ¿Desguazar desguazar el navio? El pobre viejo no supo lo que le pasaba; creyó no haber oído bien; aflojáronsele los dedos con que sostenía la gorra, que rodó al suelo; miró al ingeniero con los ojos muy abiertos y enteramente velados por las lágrimas, y exclamó sin poderse contener: ¡Pues ya me pueden preparar á mí la caja, mi comandante I El digno jefe, que conocía los apasionamientos del pobre maestro de ribera, trató de consolarle de algún modo. -La orde íi no reza que usted intervenga No le dejó concluir el carpintero. Con un movimiento brusco recogió la gorra, se irguió, limpióse los párpados, y atajando las Cariñosas palabras de su jefe, repuso procurando dominar su emoción: -Gracias, mi comandante; pero yo no he rehuido nunca el cumplimiento de mi deber. Y al día siguiente comenzó, bajo su inmediata dirección, la triste tarea. Viéronle todos los operarios el primero en su puesto, sombrío y silencioso, dando sus órdenes con voz triste y lacónica, desplegando su pericia, cuidando de que el desguaze se hiciera con método, como un padre que procurara evitar en lo posible á su hijo los dolores de una amputación. Pero á la vez contemplaron los obreros los rápidos estragos que la pena iba haciendo en aquel hombre á la par que se desbarataba el barco. Se encorbaba, los ojos se le hundían, temblábanle las manos. Un día le sorprendieron ocultando algo bajo el chaquetón. No le dijeron nada, sin embargo. Al fin, después de bastantes meses, terminóse la operación. Del navio ya no quedaba sino la memoria, y los materiales, las ricas maderas, en el almacén. Pero al mismo tiempo que el barco desaparecía de su fondeadero, desaparecía el maestro de ribera de los talleres. Pronto se supo que estaba enfermo. Y ocho días después de guardarse el tü último tablón, cuando el comandante de ingenieros navales, que apreciaba de veras al veterano, entraba en su alcoba á verle, se encontró con que acababa de expirar, rodeado de BUS compañeros y consagrando la última palabra de su senil manía á maldecir los acorazados. Y al amortajarle se le encontró, estrechada contra el pecho como una reliquia santa, la corona que remataba el escudo de proa de su navio. ALFONSO PÉREZ NIEVA DIEDJOS DB A L V A R E Z SALA