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j V i i- n EL NAVIO Se le encontraba siempre en el misnao sitió; sentaÜó sobre un bloque, fre nte al viejo navio, arrinconado como una venerable antigualla en aquel pedazo de agua muerta del arsenal. Y allí permanecía las horas enteras contemplándole con su mirada trisíe, con uña mirada de despedida, con la mirada llena de recuerdos. Aquel navio valetudinario significaba para el pobre carpintero de ribera toda su historia en el honroso oficio. En la sala enorme de plantillas se hallaba escrito el nombre y la fecha de la botadura del barco: parecía ayer. Él había dirigido como maestro la construcción y obtenido por su pericia miles de elogios y una bruz pensionada. Y 4 la verdad que el día en que ya estuvo listo daba gozó ver la nave con su escudo real y su centauro en la proa, sus altos castillos, su almacén de lona en las vergas, corriendo el viento con una gallardía de señorita que se desliza recogiéndose la falda. En campaña probó luego sus Condiciones marineras resistiendo los temporales de mayor ímpetu. Llegó á cobrar fama el diantre de la nave entre la gente perita, y á decirse con el acento de la admiración que no admite distingos: Como que ha puesto en ella sus manos lo mejor que maneja la garlopa y la escuadra en nuestros arsenaleal Lo que se enorgullecía él con tales juicios I Lo mismo que si le hubieran aflrmadoen su juventud que su novia era la chica más guapa del míxndo. Los dos estaban ahora igualmente viejos. Él, asmático, encogido, aniquilado bajo el peso, no ya de los setenta años que aploman bastante de suyo, sino del aislamiento en que se veía; el barco, desarbolado, sin mástiles, el cascó solo, liso y mondo. ¡Por supuesto, si á todo lo de su tiempo, le acontecía otro tanto 1 En el almacén de jarcias, el velamen muy bien cuidadito, pero olvidado; en los depósitos de arboladura, las hileras de hermosos y gigantescos troncos de álamo tumbados en el suelo, esperando la hora, no llegada nunca, de transformarse en palos de buque; en las balsas, hacía infinidad de tiempo, los tablones de maderas finas conservadas mejor dentro del agua. Esos malditos acorazados, invención del propio demonio, tenían la culpa. Odiábalos de muerte. Tan feos, con su facha de besugo, sin un mal trapo. ¿Dónde se podían comparar con las esbeltas y veloces fragatas de su tiempo, con su navio? ¿De modo que se había vuelto á aquellos siglos en que se gastaban armaduras de hierro? Sólo que ahora no se laa ponían las personas, j i n o los barcos. Si la ciencia traía semejantes adelantos, era cosa de renegar de ella. Lo que él sabía, que sus buques valdrían menos, pero prestaban mejores servicios; no resultaban tan señorones y tiesos como los de hoy. Cuando el maestro de ribera vio á su buque desarmado en un rincón, sintió rugir la ira en el fondo del pecho. El primer día le estuvo contemplando largó rato, moviendo loa labios. Los aprendices que acertaron á pasar por allí oyeron alpobre hombre que dirigía palabras de consuelo á alguien. Era al navio; frases cariñosas de padre al hijo hallado en la desgracia. Del mal, el menos! Le habían traído su barco al arsenal, y podía hacerle una visita mañana y tarde al entrar y al salir del taller. Pero una vez sé enteró deque líi nave no se hallaba fondeada en su apartamiento por respeto, sino porque se la buscaba un comprador. ¿En venta? La que había paseado el pabellón español por todos