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Por las anguilas perecieion dos hombres, y Antonio, sin padre, i vez más embrutecido, quedaba á lo mejor ensimismado, pronuncian de cuando en cuando estas solas palabras: -IY decía D. José que eran caras 1 Doce años habían transcurrido desde este triste suceso; en la puerta del gobierno civil de Santander se agolpaban las gentes, dando vocts de ¡Muera el anarquista! ¡Arrastrarlo! ¡Que nos lo entregaenl La gaardia civil apenas podía contener á la irritada multitud, y en el interior del edificio, entretanto, el gobernador en persona interrogaba á un joven de unos veinticuatro años de edad, que atado codo con codo, con los ojos bajos, el semblante cadavérico y una sonrisa estúpida en los labios, contestaba á las preguntas de la autoridad con voz cavernosa y sinies ra. ¿Quá te habían hecho esos dos señores que has asesinado con la bomba de dinamita? preguntaba el gobernador, más impresionado que el delincuente. -A mí, nada. ¿Por qué los has matado? -Porque son ricos. ¡Vaya una lógica! -No sé que es eso. ¿N o sabes leer? -No había escuela en mi pueblo. -Pero habría iglesia. -No me han llevado. ¿Pero que hacías de niño? ¡Vender anguilas muy caras, muy caras! Y al decir esto sonreía más estúpidamente que nuaca, Y de ahí no salía Antonio, que era el asesino; negaba que tuviera cómplices, se declaraba anarquista á cada momento, aunque sin saber dar una explicación de lo que entendía por anarquismo, y repetía con un aire de vanidad, incompren sible para todos, que había vendido en su niñez anguilas caras, muy caras. El juez, que acudió en seguida á formular sus interrogatorios comenzando la instrucción del proceso, no pudo sacar más en limpio. Cuando á la aldea del Lobo llegó la noticia del crimen de Antonio y de la pena á que iba á ser condenado, D. José, el sexagenario dueño del Palacio, decía á cuantos comentaban las noticias de fos periódicos; ¡Siempre había yo pensado que esa familia acabaría mal toda ella! DIBUJOS DE M. F O I X EMILIO S Í N C H E Z PASXOE